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Sabor fresa

A alguien se le ocurrió un día que el gusto ácido de los cítricos podría ser un buen sabor para aplicar en un helado. Y así lo hizo. La idea gustó tanto que otro alguien intentó replicar ese sabor en un laboratorio para optimizar procesos de producción y costes. Y así lo hizo. Y la idea tuvo tanto éxito que se hizo lo mismo con la fresa, el melón, el pino o la lavanda: intentar copiar un sabor o un olor natural con químicos artificiales.

Hemos recogido fresas silvestres esta primavera. Resulta increíble, por genuino, toparse en el paladar con ese sabor sublime de la fresa original, sin nada que estorbe, sin intermediarios entre el sabor real de la fresa y las papilas gustativas.

Curiosamente, no hay nada menos parecido al sabor de una fresa que el sabor a fresa. Si nos paramos a pensar, más que una imitación del sabor es una referencia creativa que juega en el terreno del imaginario colectivo. Posiblemente, si le diéramos a probar a un niño un limón no reconocería que es el referente natural para el sabor a limón del yogur al que está acostumbrado. Pero si esto es así, ¿por qué seguir referenciando sabores y olores al mundo natural? ¿Por qué chicles sabor clorofila y no sabor caroteno, celulosa o miosina, otras biomoléculas igual de insípidas que la encargada de realizar la fotosíntesis?

Con buen criterio, la vanguardia en cuestiones de sabores y olores artificiales está comenzando a proponer sabores tan subjetivos como hasta ahora, pero que no se prestan a confusión. Sabor “nihilista”, “puesta de sol”, “mondrian” o “karma” son realmente sabores tan artificiales como los “piña”, “lima” o “lavanda” actuales, pero sin dejar ninguna duda de que se trata de algo totalmente elaborado por el hombre.

Desafortunadamente, los sabores naturales no son las únicas ideas originales que se desvirtúan por el afán de obtener más beneficios. Ya no sólo tenemos en el coche un ambientador olor “bosque” con forma de “abeto”, sino que somos capaces de comprar alimentos con forma de “tomate” que no saben a tomate. Las abarcas menorquinas empezaron a producirse con residuos de neumáticos y actualmente las podemos comprar de plástico nuevo con forma de neumático. Lo mismo pasa con los tejanos previamente desgastados o con los muebles que simulan tener polilla.

Deberíamos entender que cuando copiamos lo auténtico deja de ser auténtico. Consumamos, cuando podamos, fresas de verdad, tengamos paciencia si queremos unos vaqueros desgastados y seamos conscientes del poco valor de las copias baratas de productos, sabores u olores reales.
Imagen de Alan Sailer

Bioética y diseño: paredes de piel, alfombras de pelo

Cuentan los relatos bíblicos que Jonás fue castigado por Yahveh por negarse a predicar al pueblo de Nínive. Jonás, intentando huir de la presencia de su Dios, se embarca rumbo a Tarsis, pero una tempestad lo arroja al mar y es tragado por una ballena. El profeta pasa tres días y tres noches dentro del animal hasta que es expelido, de nuevo, a la superficie. ¿Qué encontraría Jonás dentro de la ballena? ¿Qué haría? ¿Cómo se sentiría en un habitáculo orgánico? Cuesta imaginar, pero la verdad es que estamos muy cerca de experimentar esas mismas sensaciones.

Estamos empezando a diseñar con genes y eso significa la creación –en su versión más divina- de nuevos espacios, productos o realidades. Pronto sustituiremos nuestros instrumentos actuales (cartabones, autocads, maderas o aceros) por otro tipo de materiales y herramientas (probetas, pipetas, material genético) que pondremos al servicio de nuestra creatividad. Y, sin ninguna duda, el uso de la ingeniería genética conlleva un cierto riesgo ético que debería ser debatido y valorado.

De hecho, manejar lo natural para nuestro goce y disfrute es tan viejo como lo es la agricultura. Aunque, de un tiempo a esta parte, se ha acelerado la modificación de los recursos naturales debido a la aparición de los avances científicos. Estos recursos están siendo genéticamente seleccionados para mejorar la producción, la conservación o la calidad de productos alimentarios y de salud, fundamentalmente. A nivel medicinal, por ejemplo, los trasplantes de tejidos (cardiovasculares, epidérmicos, osteoarticulares o de córnea) están a la orden del día. En los últimos años, la NASA o la Universidad de Eindhoven están desarrollando tejido muscular de cerdo en el laboratorio que puede llegar a competir en el supermercado con las chuletas de cerdo convencionales para el año 2014. Seguramente en un futuro, como apunta la doctora en ingeniería agrónoma Silvia Burés, “es posible que sustituyamos el cultivo de tomates por el cultivo de células de tomate con la textura especial de la salsa que utilizamos para nuestros platos.”

No hace falta hablar de la controversia generada por los alimentos modificados genéticamente. El profundo debate abierto al respecto es bueno y necesario, porque existen argumentos igualmente válidos tanto para posicionarse a favor como en contra. Al final, de todos modos, no hay blanco ni negro, sino que hay que encontrar, entre todos los agentes implicados, la diferente escala de grises.

Todo llega, y ese jugar al Lego con los genes se viene traduciendo a la arquitectura y el diseño. Antes de esto, de hecho, ya variamos el comportamiento de plantas, animales o ecosistemas para el beneficio humano: presas artificiales que alteran el paisaje y nos dan de beber, vegetación de ribera que actúa como depuradora de nuestras aguas contaminadas o tejados verdes que nos protegen del frío y del calor. De manera más experimental, Joshua Klein enseña a cuervos a buscar monedas perdidas en la calle o Mathieu Lehanneur diseña objetos que interactúan a nivel homeostático con nuestro cuerpo para mejorar nuestro bienestar.

Haciendo un zoom creativo llegamos al goloso juguete del ADN. A nivel urbanístico, encontramos aventuras como las del tándem formado por Tuur Van Balen (diseñador) y James Chappell (biólogo), que han creado una bacteria que modifica el metabolismo de las palomas y las hace defecar jabón, diseñando una máquina viva limpiadora de calles. O los árboles fluorescentes de Alberto T. Estévez, a los que se les ha integrado una secuencia genética de algas con esta propiedad, lo que permite tener árboles en la ciudad que emiten luz. Estévez y su grupo de investigación en Arquitecturas Genéticas hablan de la creación de viviendas como si fueran seres vivos, lo mismo que Jonás y su ballena. Suelos donde crece pelo natural o paredes de piel, capaces de calentar una estancia a través de sus venas.

Camas de tejido pulmonar capaces de respirar, sofás termorreguladores, automóviles óseos autorreparables,… nuestra imaginación no tiene límites y, próximamente, la técnica será capaz de convertir estos sueños en algo real. Pero, ¿estamos preparados? ¿Es moralmente practicable? ¿Podemos permitirnos modificar la naturaleza a nuestro antojo? ¿A nivel medicinal y de alimentación sí, y a otros niveles no? ¿Hay diferencias entre modificar comportamientos o ecologías –como ya veníamos desarrollando- y hacer cambios genéticos en los seres vivos para nuestro beneficio?

Como siempre, son nuevas técnicas y materiales que en función de quién y de cómo se usen, prevalecerán los beneficios sobre las desventajas, o viceversa. La cuerda que separa lo revolucionario de lo funesto es tan fina que corremos el riesgo de caernos. Pensemos antes de actuar. No es juego de niños.

Las cosas cambian (o deberían)

"You never change things by fighting the existing reality. To change something, build a new model that makes the existing model obsolete." Buckminster Fuller

En 1946, la publicidad aparecida en las revistas americanas era contundente: el uso del DDT era benefactor para toda la humanidad. Así lo avalaban numerosos estudios científicos y las empresas productoras, que aseguraban la bondad de los alimentos tratados, más grandes y con más zumo. En la reciente estrenada película The tree of life, aparece una escena de la época en la que un camión pulveriza con este insecticida -en teoría, inocuo- el enjardinado de las calles. Los niños, ingenuos, corren detrás del camión, celebrando su particular fiesta de la espuma bajo la nube de gas y cloro. Veinticinco años más tarde, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) prohibirá el uso del DDT por considerarlo cancerígeno potencial para el hombre y un peligro para el medio ambiente.

En los años ’60 empezaron a utilizarse con frecuencia las grasas trans, aceites vegetales hidrogenados, que aún podemos encontrar en margarinas, bollería y en la mayoría de productos procesados. De esta manera, los alimentos se mantienen frescos durante más tiempo y tienen una textura más apetitosa. En 2008, California fue el primer estado de los EUA en prohibirlos, y le han ido siguiendo otros estados, países y empresas, por los riesgos para la salud que estas grasas suponen.

En cualquier caso, no podemos dudar de que los avances técnicos y científicos, en el momento de su aplicación, se desarrollan para el beneficio de la humanidad. Pero el mundo cambia, la ciencia avanza y el conocimiento se amplía. Lo que ayer fue bueno, quizás hoy ya no lo es tanto y eso ha ido pasando con tantos y tantos ejemplos. Como dicen los autores del libro Cradle to Cradle, el hipotético brífing de la Revolución Industrial no fue “el diseño de un sistema de producción que emita billones de toneladas de material tóxico a tierra, mar y aire, que requiera miles de complejas regulaciones legales para que el ser humano y los sistemas naturales no se contaminen con demasiada rapidez, que produzca materiales peligrosos que necesiten vigilancia especial durante las siguientes generaciones y que erosione la diversidad cultural y biológica del planeta”. Aunque no lo pensaran de inicio, aunque no se haya provocado adrede, estos son algunos de los efectos secundarios consecuencia de nuestro modelo vigente de desarrollo económico.

En el siglo pasado funcionaron unas cosas que en éste ya no nos sirven porque ahora debemos tener en cuenta factores que antaño desconocíamos. La humanidad no nació enseñada. Ensayo-error. No pasa nada: si invento el fuego y me quemo, mejoro el sistema para que no me vuelva a pasar. Si lo que hice ya no funciona, diseño algo mejor que lo sustituya. El problema es que no es tan fácil cambiar, progresar. Se crearon muchos intereses detrás del DDT, de las grasas hidrogenadas, del motor de combustión o de la economía basada en el capital. Nadie quiere cambiar las soluciones que idearon para las necesidades de ayer, que no son las mismas que las existen hoy. Nadie quiere perder lo que tiene. Lo que no nos damos cuenta es que si no cambiamos, si no nos adaptamos, si algunos no sueltan prenda, todos lo vamos a perder todo.

¿La calle es tuya?

Esto no se toca, quita. Con esto no se juega, dale. No pises el césped, no corras. Aquí no se juega a pelota, niño. Sí, en efecto: el uso del espacio público, aunque suene a perogrullada, es público. Y pese a que, en cualquier caso, para llegar a una convivencia harmoniosa entre ciudadanos son necesarias unas reglas que hay que acatar, en muchas ocasiones da la sensación de que estas decisiones no son del todo apropiadas y reprimen al ciudadano de gozar del espacio urbano. Por ejemplo, ¿por qué un perro juega libremente sobre el césped de un parque y hay una señal que indica de manera expresa que me está prohibido pisar ese espacio por ser un humano?¿o por qué los vehículos ocupan el espacio que perfectamente podría estar destinado al viandante? Posiblemente, por pasar más tardes en la calle debido al buen tiempo y por el recuerdo –ya lejano- de los partidos de fútbol en la plaza con amigos, recojo algunas acciones que fomentan la recuperación del espacio público para el juego y el disfrute colectivo.

El primero que me viene a la mente es Santiago Cirugeda y sus Recetas Urbanas, que aprovechan las fronteras legales para beneficio del ciudadano. Kuvas S.C. es una de las acciones que permite la instalación provisional de un parque público sin necesidad del permiso explícito del Ayuntamiento.
 El juego también es el eje central de las acciones de ocupación pública de Démocratie Créative, que proponen actividades participativas lúdicas y deportivas aprovechándose de los elementos urbanos con imaginación e ironía.
Maider López, artista que trabaja en/con el espacio público, planteó en Sharjah (Emiratos Árabes) un terreno de juego no convencional instalando unas porterías de fútbol en los extremos de la plaza y pintando unas líneas que interferían en los usos convencionales del lugar.
 
Más allá de lo anecdótico que puedan considerarse estos ejemplos, creo muy interesante el planteamiento de alejarse de lo regulado, de lo establecido, para inventar nuevos usos de un espacio que es de todos. Es posible plantear nuevas maneras de vivir nuestras ciudades, de volver a retomar las calles, de generar políticas y áreas donde los niños puedan jugar y se sientan a gusto, sin ser tan cuadriculados en las normas y en los espacios. Dejar fluir, aunque sea sólo un poquito, la creatividad social y la improvisación en las ciudades. ¿Y quién tiene más creatividad que un niño?
En la foto de cabecera, el Pabellón Lucas Nogueira Garcez diseñado por Niemeyer en 1954 en Sao Paulo y que alberga en su interior un museo. Es conocido localmente como la Oca y recibe la mayor atención por su techo con suave pendiente, un magnífico tobogán improvisado para los jóvenes aventureros.
 

Abajo el ecodiseño sexi

No existe un modo exclusivo de trabajo sostenible. Éste dependerá de las condiciones locales, de los recursos disponibles y de las especificaciones de cada proyecto en particular. Afortunadamente, como argumenta Alastair Fuad-Luke, ya ha pasado aquella etapa en la que se identificaba el ecodiseño con productos que se creaban con la mejor de las intenciones siguiendo criterios ambientales poco rigurosos, interponiendo éstos por encima de cuestiones estéticas, económicas o de calidad y, por tanto, resultaban ser productos feos y caros. Estamos en un momento en el que dominan los ecoproductos icónicos, es decir, aquellos que simplemente por poseerlos ayuda a sus propietarios a posicionarse en un estilo de vida más sostenible con respecto al resto de consumidores. Son productos atractivos, deseables, donde prima la función estética por encima de los valores de sostenibilidad. Se ha pasado de A a C. Pero hay que volver a B. Lo sexi mola, pero sin justificación es contraproducente. Sobre todo, teniendo en cuenta que actualmente todo el mundo se sube al carro y que, cada vez más, cuesta separar el grano de la paja. Estamos despitando a nuestros clientes y esto implica que la sostenibilidad en los productos se está empezando a ver como algo, incluso, negativo. Cuesta vender ecodiseño. Antes por desconocimiento. Ahora por desconfianza.

Es por ello que hemos querido hacer un decálogo, totalmente subjetivo, que agrupe los puntos clave que hay que reconocer para poder discernir entre lo que es buen ecodiseño (o mejor, buen diseño) y lo que está mal diseñado. Esperamos vuestras aportaciones:

1. Diseñar hábitos. ¿Es mejor una bolsa de tela que una de plástico? Pues depende. De la situación y de las costumbres. Sustituir bolsas de plástico por bolsas de tela no sirve de nada si no cambiamos los hábitos de las personas. En realidad, da igual llevar al mercado una bolsa de algodón o una de polietileno. La clave está en el verbo, no en el adjetivo. En el acto de llevar consigo y no en el material del que está hecho el contenedor. ¿La recogida selectiva es buena iniciativa? Sí, sólo si se hace bien. El diseñador tiene un papel vital en la adquisición de nuevos hábitos por parte de los consumidores y es éste el que tiene que ampliar y fortalecer.

2. El reciclaje creativo no es la (única) solución. Es una estrategia de ecodiseño recurrente y muy válida a nivel comunicativo y de concienciación, pero no es el único medio para conseguir reducir residuos. De hecho, lo óptimo sería no producir residuos, generar sistemas de producción de ciclo cerrado y, por lo tanto, dejar de diseñar pendientes hechos con chapas, lámparas con tetrabriks o casetas con pallets. De vez en cuando, el uso inapropiado de objetos pensados sistémicamente podría llegar a provocar cierta inestabilidad en ese sistema. Apropiarse de una caja de plástico con las que reparten los yogures Danone para hacerse una cesta para la bici puede resultar una acción creativa, pero detrás queda un circuito cerrado de recogida-devolución con fisuras. A veces, el remedio es peor que la enfermedad.

3. Fomentar la biodiversidad. Generar abundancia biológica es uno de los lemas del pensamiento Cradle to Cradle. Sin embargo, fomentar la biodiversidad no reside en el diseño de gadgets zoomórficos o nidos para pájaros. Resulta sorprendente la cantidad de nidos o comederos realizados por diseñadores profesionales. Afortunadamente, las aves saben hacerse su propio nido y no acostumbran a vivir en chalets de colores estridentes, construidos con placas de matrícula o cartones de leche. La solución pasa por pensar mejor el espacio urbano para que puedan abastecerse por cuenta propia de los recursos necesarios para su supervivencia y proliferación: mejores árboles, más prados, mayor protección, mejor convivencia. Se trata de atajar el problema de raíz y no de poner parches. Porque queremos generar abundancia de aves, no de nidos.
4. El material hace al objeto. El ecodiseño no consiste en sustituir un material por otro reciclado. Un nuevo material –independientemente de si es reciclado/reciclable o no- ofrece nuevas posibilidades conceptuales y formales y, por lo tanto, no basta con un cambio de materia prima, sino que hay que valorar qué necesidades tenemos, qué nos aporta el nuevo material seleccionado y cómo configuro un resultado mejor en todos los aspectos. El material, por ser reciclado, no tiene por qué hacer al producto más sostenible. ¿Por qué cambiar, por ejemplo, una papelera por otra que aun usando un material reciclado –y debido a ello- tiene más tornillos, o necesita más mantenimiento, o pesa más que la papelera de toda la vida?

5. Dejar de triturar. Cada día aparece un nuevo material formado con residuos machacados. Parece una receta de cocina: se cogen virutas de madera, se le añaden restos de envases, se tritura todo bien, se le añade un aglutinante y ¡listos!: un nuevo material que, como mucho, servirá como pieza estructural o como aislamiento acústico. Al proceso de convertir materiales de desecho en productos de menor calidad y funcionalidad reducida se le llama infraciclar y no tiene nada de bueno. Primero, porque esos residuos/materias primas, en un ciclo productivo más eficaz, podrían reciclarse de manera que no perdiera (tanta) calidad. Y, segundo, porque según que se mezcla, al final de su vida útil eso no va a haber quién lo separe. Y no hay tanto ruido para tanta pantalla aislante.

6. Poseer o no poseer. Compartir es la cuestión. Medimos nuestra riqueza por la cantidad de cosas que tenemos, pero no por poseerlos somos más felices ni por consumir según qué productos beneficiamos el planeta. De hecho, no se salva el mundo por tener tres Toyota Prius Hybrid. Podemos vivir mejor con menos cosas, porque las funciones -tanto prácticas como simbólicas- de éstos pueden ser suplantadas por un servicio. No necesitamos una lavadora en casa; lo que queremos es nuestra ropa limpia. Necesitamos reeducarnos como consumidores y avanzar hacia un decrecimiento objetual.
 7. La imperfección de lo natural. Pensamos que los materiales naturales son más sostenibles, pero no siempre es así. En función del uso del producto, en algunos casos los materiales biológicos no garantizan la estabilidad y duración que requiere la función del producto en el que están incorporados. Certificar la procedencia es vital, porque si no se tienen garantías del origen de la madera, quizás estemos favoreciendo la tala ilegal de árboles en el Amazonas. Tampoco podemos descuidar los procesados de ese material natural, porque si a la caña de bambú la laminamos, la lijamos, la blanqueamos, la pulimos y le damos color, aparte de despojarla de todas sus cualidades, el impacto ambiental podría llegar a ser mayor al de una tarima realizada con otra materia prima.

8. Trabajar desde lo local. Se hace duro competir por precio con la producción asiática, eso es indudable. Pero si se produce de manera local, se hace para fomentar y desarrollar economías de proximidad y no con el objetivo primordial de luchar por precio, porque se trata de valorar otras cuestiones. Los proveedores locales han de alcanzar la excelencia. De nada sirve que algo esté hecho aquí, pero esté mal hecho. Lo mismo pasa si las condiciones (laborales, económicas o de salud) de los trabajadores locales son peores a las que ofrecen en otros continentes, como sucede en algunos casos donde los promotores se aprovechan de la falta de alternativas de según qué segmentos de población. Producción cercana sí, pero de calidad.

9. La energía solar, mejor con sol. Si lo único que hacemos es incorporar una placa solar en nuestro diseño, sin tener en cuenta el contexto, no hacemos nada. Una farola autosuficiente energéticamente en un lugar donde ya existe una red eléctrica consolidada puede ser redundante. Un elemento urbano con placas solares que no pueden orientarse hacia el sol o que están ubicadas en un lugar sombrío, por muy bien que salgan en las fotos con políticos, no sirven. Como no sirven unos molinos de viento en un lugar sin aire, un aeropuerto sin aviones o una vía férrea de alta velocidad que transporta quince pasajeros al día.

10. Sospecha de lo eco-friendly. Sé crítico con absolutamente todo lo que consumas, pero si lo que vas a comprar se las da de “producto verde”, más. Estamos en un momento de transición en el que nada ni nadie rige a qué se le puede llamar “eco” y a qué no. Y lo “eco” vende. Por lo tanto, son muchos los productos que se comercializan de esta manera. Se hace difícil diferenciar entre lo que realmente ha sido diseñado siguiendo un proceso riguroso de ecodiseño y a lo que simplemente se le ha dado una pátina verde. Existen etiquetas, certificados y otras garantías que, sin duda, ayudan. Pero al final, quien decide es el consumidor, que es responsable de que triunfen los mejores productos.

Pensar en todo el ciclo de vida de los productos, pensar en el contexto, pensar, pensar, pensar. Ésa la simple clave para hacer buen diseño. Pasar de cobrar por lo mucho que haces a cobrar por lo bien que piensas: tener el coraje de decir menos. Ir al grano sin perder la visión panorámica. Dejar de raspar la superficie. Preguntarse el porqué de las cosas y actuar en consecuencia.

Design won't save the nature

Caminando por la ciudad de Berlín encontré este stencil impreso en el pavimento. "Design won't save the nature". A pesar de saber que se trata de un reclamo publicitario de una emergente marca de bicicletas, nunca estuve más en desacuerdo con una frase.

Las disciplinas creativas aplicadas, como son el diseño, el paisajismo, la arquitectura o el urbanismo tienen mucho que decir a la hora de prevenir impactos negativos sobre el medio y fomentar la diversidad cultural y biológica. Simplemente se trata de pensar (más) en todo cuanto rodea al artefacto (sea edificio, mueble, parque o complejo residencial). Sin duda, cualquier acción humana provoca un "efecto mariposa" sobre nuestro entorno. Nos comentaban las chicas del "Obrador Xisqueta" (una asociación que está dinamizando a nivel social y económico un territorio rural a través de la valorización de la lana de la oveja xisqueta, una raza autóctona del Pirineo en peligro de extinción) que los pastores están sacrificando las ovejas negras de sus rebaños -mantener una oveja de este color es una tradición cultural que se ha prolongado a lo largo de los siglos- porque la legislación ha declarado a la oveja xisqueta una raza de protección especial, pero sólo a aquellas que cumplen con las características definidas sobre el papel. Evidentemente, la oveja negra no las cumple. Éste es simplemente un ejemplo de cómo una acción, en principio, bienintencionada -proteger una raza en peligro de extinción- provoca una extinción cultural significativa, como es cargarse las ovejas negras de los rebaños.

Se trata de pensar un poquito más, de ir más allá, de buscar y dialogar con todos los actores implicados, de tener en cuenta todos los componentes que configuran un sistema. No se trata, tampoco, de filosofar y no tener, después, margen para pasar a la acción. Consiste en encontrar un equilibrio y mejorar poquito a poco, no de crear el diseño perfecto a la primera.

Me gustan, por ejemplo, las pequeñas acciones a nivel urbanístico que he encontrado, precisamente, en la capital germana para fomentar la biodiversidad de la ciudad. Se trata de pequeños espacios "robados" a parques, rotondas y parterres donde se deja crecer un prado de flores silvestres. Así de sencillo: prado en lugar de césped. Los prados son ecosistemas complejos y, en gran medida, autónomos, que ofrecen cobijo a flora y fauna que, de otro modo, sería complicado -pero necesario- encontrar en las ciudades. Además, son espacios que ayudan a educar a la población sobre procesos naturales y hacer entender la importancia de los ecosistemas y sus interacciones. Y bueno, mejor una parcela donde crecen flores de colores cambiantes que no un cuadrado de césped que tenemos prohibido pisar.
Acciones humildes, bien pensadas. Esa es la responsabilidad de cualquier diseñador (arquitecto, urbanista, etc.) para salvar la naturaleza.

Acostumbrados a la excelencia

La etapa escolar quizás es la más cruel de toda nuestra vida. Los niños son crueles por su ingenuidad y por tender a dicotomizarlo todo. Para ellos tan solo existen dos grupos: o eres alto o eres bajo o gordo o flaco o del Barça o del Madrid o empollón o zopenco. En el colegio, Juan es el bajo, flaco, del Barça y empollón. Dejando aparte las características fisionómicas y las preferencias balompédicas, donde poco puede hacerse, valga señalar que es considerado uno de los empollones de la clase simplemente porque tiene facilidad para los estudios. No es forzado, no pretende destacar por encima del resto, no es prepotencia o vanidad, simplemente es así y punto. Incluso hay veces en las que Juan se siente avergonzado porque el profesor le pone como ejemplo y sabe que después sus compañeros le van a obsequiar con una buena dosis de collejas. Pero, sobretodo, Juan se siente presionado e incomprendido. No entiende por qué su madre le recrimina haber sacado sólo un 8,5 en el examen de sociales. Tampoco entiende por qué a Manuel, el compañero de clase que peor se porta, le han regalado sus padres una guitarra eléctrica por haber aprobado su primer examen del año. Aunque todos saben que lo ha conseguido copiando. Juan no puede comprender por qué a él, que siempre ha sacado buenas notas, pocas veces se le ha visto recompensado por su esfuerzo y por sus resultados.

Vivimos en un contexto donde se premia lo mediocre, donde el que hace las cosas bien es mirado con recelo, donde la mayoría espera a que el que va primero tenga un desliz y caiga, donde lo que siempre ha sido vulgar y un día le suena la flauta tiene más valor que lo que siempre ha sido excelente. También parece que poco importa el cómo se hacen las cosas, sino el resultado final. Juan y Manuel lo ven en el colegio. Pero pasa también en el fútbol, en la tele o en el diseño de productos.

Un producto puede ser blanco o negro, puede ser curvo o cuadrado, grande o pequeño, pero no puede ser sostenible o no serlo. La sostenibilidad es una manera de hacer, una metodología de trabajo, no un acabado final. Aquellos que integran criterios de sostenibilidad en sus procesos de creación lo hacen porque lo consideran el camino hacia la excelencia. Aunque esa excelencia, como ya se ha visto, no se valora en exceso. Pero es que además, a aquellos que han optado por el camino difícil –el que comporta estudios ambientales rigurosos, no exportación de la producción, no copia sino innovación, coherencia proyectual,…- se les exige más, son mirados con desconfianza y han de justificar sus pasos muchísimo más que a aquellos que pasan de intentar ser buenos.

Juan ha optado por no sobresalir de la media para no llevarse collejas. ¿Por qué se inclinarán los que hacen buen diseño?
 

Los objetos dicen

El pensador William James, padre de la psicología funcional, aseguraba que si se quiere crear o romper un hábito uno tiene que hacer aquello que se plantea durante 21 días consecutivos, para convertirlo así en un acto subconsciente. Dudo que podamos cambiar en poco más de dos semanas una manera de hacer que nos distingue desde los inicios del siglo XX, pero creo que merece la pena intentarlo. Me refiero al consumismo, una conducta que aparece tras el capitalismo y que asociamos desde entonces a un símbolo de status, prestigio y satisfacción personal, como bien explica el antropólogo Marvin Harris. Diversos son los factores que nos inducen a comprar de forma apremiante, pero la mayor parte son culturales, determinados por unas reglas sociales que nosotros mismos hemos impuesto y que miden el reconocimiento del individuo en la sociedad por el volumen de cosas consumidas. En pocas palabras, parece que es mejor quien más tiene.

Gran parte de la responsabilidad recae en la cadena de creación de esas cosas, en la que se encuentran los diseñadores. La publicidad, el usar y tirar, la obsolescencia programada, la obsolescencia percibida, las modas,… incentivan la generación de necesidades y anhelos que, aparentemente, solo pueden verse satisfechos con la compra de productos. Doctrinas como el “cuanto más, mejor” o “no importa el qué, sino el cuánto” deberían quedar aparcadas para siempre, no ya porque la capacidad de carga del planeta está llegando a su límite –que también-, sino porque no es cierto que uno sea más feliz cuanto más posea. Ezio Manzini promulga la idea de que un mayor bienestar se consigue con un menor consumo de recursos asociado a una mayor capacidad de sociabilidad. Es decir, migrar hacia un sistema económico de servicios (y no de productos), integrar un modelo de intercambio y cooperación entre ciudadanos y quedarse con aquello necesario, eliminando lo superfluo, lo que nada nos aporta, lo que –en definitiva- para nosotros carece de valor.

No es tan descabellado pensar que podemos vivir con menos objetos, pero mejor seleccionados. De hecho, ya lo hemos empezado a hacer: en el supermercado, por ejemplo, cada vez son más las personas que han adquirido el hábito de voltear el producto y mirar la etiqueta para descubrir la historia de lo que están comprando. Si su currículum nos convence, lo consumimos; si, por el contrario, vemos que algo no cuadra, lo retornamos al estante. El consumidor -aunque a veces se nos olvide- tiene el poder de elegir entre un producto, el otro o ninguno de los dos. Y ese poder se mantiene sobre cualquier cosa, sea comestible o sirva para sentarse, sea de compra o heredado, sea algo tangible o un servicio dado. Debemos comenzar a interrogar a las cosas que quieren formar parte de nuestras vidas: ¿de dónde vienes? ¿Qué me aportas? ¿Realmente te necesito? ¿Cómo estás hecho? ¿Y quién te ha hecho? ¿Qué harás cuando ya no me seas útil? Si lo hacemos, seremos más libres para decidir con mayor información y mejor conocimiento qué pasa el casting y qué no.

Si, por un instante, hacemos un recuento mental de todas nuestras pertenencias, ¿de cuántas de ellas sabemos su historia? ¿Podemos asociar esos objetos a algún instante de nuestra existencia? ¿Sabemos cómo llegaron a nosotros? En un mundo en el que todos tenemos la misma colección de objetos clonados, es fundamental poder reivindicar el valor simbólico de nuestros objetos, lo que significan para nosotros, de conocer la vida de cada uno de ellos y de quedarnos con los que nos interesa. De la misma manera que me resulta más enriquecedor comerme unos guisantes que le compré al campesino y que sé que recolectó ayer por la tarde (los pelo yo, cuido hasta el mínimo detalle en su cocción, me saben mejor), disfruto más de la experiencia que me dan aquellas zapatillas que me regaló mi padre y que sé que están hechas con materiales naturales y producidas en España (trato de que me duren, las cuido).

Seguro que si fuéramos más rigurosos en ese casting de objetos que quieren venirse con nosotros a diario, al final tendríamos una colección de cosas que sería de 1.000 en lugar de 10.000, pero todas ellas nos aportarían algo y tendrían su historia que contar. Se impondría la calidad por encima de la cantidad. Sin lugar a dudas, nos quedan más de 21 días para llegar a variar nuestro estilo de vida y consumir de otro modo, pero el cambio es, cuando menos, atractivo.

Post publicado en el blog Experimenta de Nutcreatives

El modelo para la próxima revolución industrial

"Es hora de que los diseños sean creativos, abundantes y prósperos desde el principio. Puede que el modelo para la Próxima Revolución Industrial haya permanecido en todo momento ante nuestros ojos: un árbol". 
Albert Einstein

La plaza del azufaifo

Como cuenta Goytisolo en sus Palabras para Julia, “un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada.” Pero si se unen, pueden salvar un árbol bicentenario: el azufaifo de la calle Arimón. Que unos vecinos intenten salvar un árbol parece una muy humilde meta. Pero en el barrio de Sant Gervasi de Barcelona se convirtió hace un par de años en una cruzada simbólica: David contra Goliat, el ciudadano de a pie contra la vorágine constructora y la cruda razón económica, dueñas del destino de nuestro bienestar.

Isabel Núñez lideró esta revuelta vecinal que ha ido ganando batallas (desde impedir su tala y su trasplante, hasta conseguir su catalogación como árbol de interés local y evitar la construcción de equipamientos alrededor que dañara sus raíces) y que, por el momento, mantiene el árbol en pie. La escritora narra la historia del azufaifo o jinjolero y cómo los vecinos fueron superando todo tipo de trabas en el libro “La plaza del azuifaifo”, un escrito humilde, pero que carga contra la progresiva fealdad de nuestra ciudad, consecuencia de la ignorante arrogancia de (muchos) arquitectos y urbanistas (“[…] No nos damos cuenta de que lo hacen por nosotros, nos modernizan, nos sitúan en un paisaje mejor, más acorde con estos tiempos. Nos ayudan. Somos iletrados y desagradecidos. […]”) y la terrible flema de nuestra clase política, que “no recuerdan que son empleados nuestros, que nosotros les pagamos, que no sólo tenemos derecho a votar y a mantenerles o a echarles de sus puestos, sino que eso implica atendernos con respeto y escucharnos, y que esa escucha podría mejorar su gestión.”

El libro supone una muestra de lo que ha sido el modelo de crecimiento español de los últimos tiempos, sujeto de manera exclusiva a las virtudes del cemento en detrimento de las personas y nuestro entorno.

A propósito de los árboles de las ciudades, la autora hace referencia a que España es el país más arboricida de Europa y que, pese a las campañas políticas que aseguran –y que habría que verificar- que el número de árboles de la ciudad es de los más elevados entre las urbes europeas,  lo que realmente importa es la calidad del patrimonio arbóreo. Los “palillos chinos con dos hojitas y alcorques diminutos” de Barcelona nunca llegarán a comportarse (a nivel ecológico, de intercambio de gases,…) de la misma manera que los árboles europeos. Y eso es debido, en gran parte, a la falta de cultura y de respeto hacia el patrimonio natural que nos rodea.

Haciendo el ejercicio, he captado unas imágenes al azar de diferentes ciudades europeas: Milán, Lisboa, París, Oslo, Hamburgo y Barcelona, respectivamente. La densidad de población vegetal en las calles, la masa arbórea aérea y el diámetro de copa no tienen punto de comparación. La realidad es triste. Lo que nosotros tenemos en la ciudad no son árboles: son caricaturas deformes fruto de una poda estúpida o  un mal sustituto raquítico de lo que en otros lugares cuidan y se enorgullecen.
 
 
 
o: El hombre que sembraba árboles o Árboles, no bombas o Sentier Battu

Ciudades permeables. La relación del espacio urbano con el territorio

Las ciudades son los centros vitales de las sociedades humanas desde hace más de 8.000 años. A lo largo de la historia, han sido fundadas en lugares estratégicos, siempre diseñadas en función de su entorno inmediato y de su radio de acción. Cruce de caminos, se han convertido en lugares de creación, intercambio y distribución tanto de bienes como de conocimiento. Actualmente, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades y se calcula que aumentará hasta el 60% para el año 2030.

Como muchos autores defienden, las ciudades son el ecosistema vital para la mayoría de la especie humana. Cualquier ecosistema se define por el intercambio de flujos de materia y energía entre los componentes de éste y entre éstos y el exterior. De hecho, esta ley se repite a diferentes niveles jerárquicos, desde un planeta hasta una célula: un bosque de encinas y la piel de un anfibio, por ejemplo, son permeables en el sentido de que permiten y favorecen los flujos de intercambio en todas direcciones. Las ciudades deberían ser la piel del territorio y no una operación integral de cirugía estética que lo aísla de la realidad. Me da la sensación de que las ciudades actuales han perdido esa conectividad con la tierra que hay debajo y alrededor de ellas y actúan como un implante de silicona que ni padece, ni respira ni da pie al intercambio dinámico de flujos. En cualquier caso, estos flujos son unidireccionales. Como un enfermo terminal, la ciudad moderna chupa energía y materiales de su entorno, pero no ofrece nada a cambio. Necesitamos que las áreas urbanas sean permeables, se reincorporen a su espacio natural y tomen conciencia y respeten su flora, su fauna, su biotopo ambiental, su paisaje original y su riqueza cultural.

La adaptación y la permeabilidad al entorno no se traduce, obviamente, en una ristra de aplicaciones universales. Esto dificulta la toma de decisiones, pues nos obliga a pensar en las numerosas variables. A algunos les puede provocar pereza, pero para los buenos arquitectos, diseñadores, urbanistas y paisajistas comprometidos, la tarea supone un reto. Pasa como todo, que es más fácil copiar que tomarse un tiempo de estudio y reflexión para acertar con la propuesta. Un caso paradigmático de desidia es el césped en las ciudades. Dejando de lado en este post el lado cultural del asunto permeable y centrándonos en lo natural, parece que el mayor vínculo a ras de suelo entre la urbe y la naturaleza se traduce en alfombras de césped, praderas de un monocultivo sediento que, para más inri, no le damos el uso que debería tener. Desengañémonos. No vivimos en la campiña inglesa. El césped es un elemento efectista, cierto, que queda muy verde en la nota de prensa, pero que por estas latitudes necesita unos cuidados y unos recursos (agua, tratamientos químicos, siega, protección con elementos físicos, limpieza,…) que podríamos plantearnos ahorrar, teniendo en cuenta que lo que nosotros incomprensiblemente valoramos como símbolo de bienestar acostumbra a estar plenamente prohibido utilizarlo, salvo que seas un cánido.

Tenemos la responsabilidad de ir educándonos como sociedad y darnos cuenta de que plantar césped en nuestro espacio público (y privado) no es sinónimo de lujo o estatus social, sino más bien de incultura. No es permeable, no me dice nada del territorio, no tiene, en definitiva, sentido un verde urbano limitado en un perímetro cuadrado que hay que cuidar como a un bonsái. Nos hemos dado cuenta de que, a largo plazo, es mucho más económico, útil y estético generar espacios verdes similares a los que encontramos en las zonas forestales, con plantas autóctonas, fomentando la biodiversidad con praderas de múltiples especies (y no monocultivos de gramíneas) y creando microsistemas seminaturales. Nos hemos dado cuenta de que los ciudadanos no tenemos conocimiento sobre nuestro entorno ni de lo que vive cerca y, por lo tanto, ni lo valoramos ni lo respetamos. Nos hemos dado cuenta. Ahora hay que hacer algo.

Post publicado en Experimenta

Torneo de siembra en Vörland

 
Vuelve a caer en mis manos la revista COLORS del verano de 2007 (o del 2057, según cómo se mire). Este número planteaba, en un fabuloso ejercicio de imaginación, cómo sería el futuro del turismo y del ocio de aquí a 50 años. Ver los radicales cambios de hábitos que supuestamente podríamos sufrir en poco tiempo da que pensar. En Vörland, el Marina d'Or del futuro, han cambiado la práctica del golf por otro divertimento igual de ameno y con un impacto positivo sobre el medio: el concurso de siembra.


"Antes, ningún jugador de golf serio habría terminado su carrera sin jugar por lo menos un hoyo en el renombrado green de Vörland. Después, el calor y la prohibición de este deporte tan poco ecológico transformó el césped en un extenso secarral. Hoy en día, en el antiguo campo de golf de Vörland está muy bien vista la práctica de otro deporte: el torneo de siembra. Durante la primera parte del juego, los jugadores plantan semillas de árboles frutales a lo largo de un sendero marcado con banderitas. Luego, a intervalos fijados de antemano, normalmente una vez por semana, los jugadores pueden regar y cuidar lo que plantaron. Dos años después del día de la siembra, se anuncia el ganador tras unos complicados cálculos que tienen en cuenta la altura del árbol, el número total de hojas y frutas y el valor estético de la planta. Si hay empate, se decide el ganador al año siguiente. Obviamente, los jugadores quedan inhabilitados de por vida si se les pilla recurriendo a fertilizantes químicos. El juego más largo registrado en Vörland duró 16 años. Es mejor saberlo antes de lanzarse a practicar este adictivo deporte". 

"Las fotografías son de Isak Wickstrom (izquierda), al que se conoce por su notable éxito con los manzanos, que a menudo crecen con dificultad en climas como el de Vörland. Este año, la premiada Malus sylvestris domestica de Wickstrom alcanzó la descomunal altura de un metro. A la derecha, el anterior campeón, Sten Sandstrom, no estuvo muy fino; por querer mejorar los resultados de su contendiente, Sandstrom cometió el típico error de regar demasiado su Olea europaea."

o: Batbici o El hombre que sembraba árboles o ¿Xenofobia biológica?

Vuelta a lo simple

 La mejor cocina del mundo como exponente de hacia dónde debería ir el mundo del mejor diseño.

Diseñar no es cocinar, pero casi. De manera muy simple, casi rozando lo ordinario, podemos resumir afirmando que chefs y diseñadores disponen de unos ingredientes y unas técnicas que utilizan y combinan a su modo para facilitarnos la existencia. Unos, cocinando un pollo y convirtiéndolo en algo digerible. Los otros, diseñando una cama y cumpliendo nuestros deseos. Cada una a su manera, ambas profesiones satisfacen nuestras necesidades prácticas y simbólicas a través de un relato, bien sea en formato culinario o a través de un objeto. Hay muchas maneras, eso sí, de contar una historia.
Durante el 2010 el chef del Noma, René Redzepi, pasó a ser considerado como el mejor cocinero del mundo. Redzepi, al igual que otros compañeros como Juan Luis Aduriz o Michel Bras, ha sabido traducir a comida unos valores muy válidos también para el diseño de productos. Si hubiera que definir su obra con un solo adjetivo, sería simplicidad. Redzepi dice que lo que han hecho ha sido recuperar la cocina nórdica, reinterpretarla –asumiendo influencias foráneas y vanguardistas, por supuesto– y compartirla con el resto, “desarrollar un concepto estático de cocina escandinava era un error porque se queda anclado en lo que se había hecho en los últimos cincuenta años”. Y para ello, han recurrido a sus mejores recursos locales y a los métodos tradicionales en términos de producción y elaboración. Los cocineros del Noma conocen los productos que tienen próximos (¡ellos mismos, si pueden, los recolectan!), respetan totalmente el ritmo de la naturaleza y con ello construyen un discurso que va más allá de la sostenibilidad y se refugia en el sentido común.
El servicio que ofrece el Noma (que significa, sencillamente, comida nórdica) transmite naturalidad, autenticidad, humildad y afabilidad. La comida, que es el núcleo central de este tipo de lugares, condensa estos valores. Son unos platos de excelente ejecución, aparentemente sencillos, repletos de sabores y matices. Pero no sólo la comida destila estos valores: también lo hacen la luminosidad del local, sus paredes de ladrillo visto, la ausencia de manteles en las mesas o el trato cercano de todos sus trabajadores, implicados completamente en el proyecto.

En el Noma no hay frivolidades. Todo es de una simplicidad esencial. Todo tiene sentido. Similar a los atributos del modernismo del “menos es más” o de “lo útil es bello”, pero diferente. Los ideales del Noma van más allá de etiquetas tipo “slow movement”, “transition towns”, “cradle to cradle” o “kilómetro cero”, simplemente porque integran estos conceptos dentro de su discurso realizador sin necesidad de mencionarlos ni justificarlos. Se antepone el sentido común a cualquier defensa integrista de una manera de hacer.
André Ricard, en 1986 escribía que “el diseño se cuida de las relaciones de las cosas con el hombre y de los hombres con las cosas”. Veinticinco años después (un cuarto de siglo de vida de la disciplina), el diseño debe preocuparse de más cosas además del ser humano, empezando por su entorno y por todo lo que queda entramado en la concepción de una idea. El diseñador debe de ser humilde, sensato y cercano. Su trabajo debe integrar un compromiso sincero por el medio ambiente y por la equidad social. Y como en la nueva cocina nórdica, estos valores de sostenibilidad deben adoptarse de manera natural, sin artificios.

Artículo escrito por Jon Marín para Experimenta

o: Lo que protege el corcho o Comida creativa o Frutero de papel

¿Xenofobia biológica?

Esta semana, por razones futbolísticas que no vienen al caso, ha surgido entre mi círculo de amigos la preocupación por saber si la creatividad nace o se hace. Evidentemente, habrá personas que tengan una mayor facilidad para desarrollar el pensamiento creativo que otras. Pero, sin duda, la capacidad creativa se puede entrenar. De hecho, uno de los muchos ejercicios que existen es, por ejemplo, el de unir dos conceptos que aparentemente no tienen relación. Parece que el tema me ha calado tanto que, de manera inconsciente, esta mañana he estado haciendo gimnasia creativa con este ejercicio que me ha llevado a reflexionar sobre la identidad de un territorio y su capacidad de asimilación de “elementos” ajenos.

En el mismo diario (el Periódico de Catalunya) de hoy domingo 16 de enero de 2011 aparecen dos noticias sin aparente relación, pero que haciendo un esfuerzo –innecesario en una mañana de domingo, lo sé- se pueden encontrar tremendas analogías. Por una parte, en la página 12 se habla de que Jean-Marie Le Pen -líder del Frente Nacional y “el rostro de la xenofobia”- se retira dejando a su hija al frente del partido y se hace una valoración del avance de la extrema derecha en el continente europeo durante los últimos años. Argumenta Magali Balent, investigadora de la Fundación Robert Schuman, que “la nueva extrema derecha desarrolla un discurso identitario de carácter étnico para conectar con los problemas de la sociedad actual”. Sin duda, se trata de un discurso político en auge que se basa en el rechazo a la inmigración (xenofobia, del griego xeno-, extranjero y -fobia, temor) y en la defensa ultraconservadora de lo autóctono (del griego autos-, propio y -chnos, tierra).

En la página 22, en el apartado “Cosas de la vida”, el diario se hace eco del inventario de especies foráneas que está elaborando el Ministerio de Medio Ambiente, siguiendo las directrices de la Unión Europea, que conllevará la exterminación de un centenar de especies exóticas invasoras de nuestro territorio, por considerar que causan daños a los ecosistemas. Entre las especies invasoras que serán combatidas hasta su erradicación están el ailanto (Ailanthus altissima), la pita (Agave americana), la uña de gato (Carpobrotus edulis), la caña americana (Arundo donax), el cangrejo americano (Procambarus clarkii), la cotorra argentina (Myopsitta monachus) o los perros y gatos asilvestrados que se encuentren en libertad.

Sin discutir las razones por la que estas medidas entran en vigor, que es que provocan un desajuste sobre los ya desajustados –por causa antrópica- ecosistemas, la idea de erradicación de una especie me hace pensar en la noticia de la página 12. Haciendo uso de esa creatividad adquirida con el desarrollo de estas técnicas de enlace de conceptos, surgen perversas preguntas como las siguientes: ¿proteger lo propio pasa por eliminar lo ajeno? ¿Se podrán eliminar perros y gatos sueltos en el monte por considerarlos invasores? ¿Incluirán en algún momento en esta lista negra a la especie humana con ciertos rasgos físicos diferenciales como especie exótica invasora?

¿No hay otras maneras de proteger la biodiversidad? De hecho, los ecosistemas no son estáticos y, por ejemplo, el bosque mediterráneo se fue adaptando (o mejor, fue adoptando) a una especie que en el principio de los principios no nació aquí, como el pino carrasco. O, por poner otro ejemplo, si el delta del Llobregat se ha adaptado (más o menos, y con ayuda del hombre) a las invasiones antrópicas, ¿por qué no iba a adaptarse a la presencia de la caña americana (en una escala de tiempo ecosistémica y no antrópica, por supuesto)?

Curiosamente, hay especies exóticas invasoras que se salvan de la quema. Son aquellas que aportan un beneficio económico a la población, como los siluros –una especie de pez de grandes dimensiones- de la ribera del Ebro, que atraen a centenares de turistas interesados en la pesca. Si esta es la vía para el indulto, ¿por qué no adoptamos también las técnicas de control indirecto que en los países de origen llevan a cabo con estas especies, como el uso de la caña o la pita en la construcción, o del cangrejo americano como alimento? ¿Por qué no inventamos nuevas técnicas y le damos valor económico -si esa es la manera de integrarlas- a aquellas especies que ahora perseguimos?

La reflexión da, por lo menos, para otra mañana de domingo.

o: Reflexiones sobre la II XCR o Mis bambas o Especies cruzadas

El hombre que sembraba árboles

No querría acabar el año sin recomendar una lectura llena de esperanza escrita por Jean Giono en 1953: el hombre que sembraba árboles.

En 50 páginas, el autor cuenta la historia de un pastor provenzal que dedica su vida a plantar bellotas en un campo desierto, con el anhelo de convertirlo en un paraíso.

Una deliciosa fábula que apuesta por el respeto a la naturaleza y la (demasiadas veces, demasiado oculta) bondad del ser humano, que se traduce en cualidades tan necesarias en estos días, como son el esfuerzo, el tesón y la generosidad.

Como dijo el autor, “al recordar que un paisaje tan hermoso había brotado de las manos de un solo hombre se dió cuenta que los humanos pueden también crear y no solo destruir”.

Desde Resseny os deseo un feliz año 2011 lleno de esperanza y motivación.




o: Hacer crecer lo verde o Mi jardín barcelonés o Árboles, no bombas

Reflexiones sobre el II Encuentro de la Xarxa Compra Reciclat

Sesión de tarde del II Encuentro de la “Red Compra Reciclado”, organizado por la Agencia de Residuos de Catalunya en el Cosmocaixa de Barcelona. Entre otros objetivos, en estas jornadas se exponen algunas de las oportunidades de los productos reciclados en la contratación y compra pública de, especialmente, los sectores de la construcción y el mobiliario urbano.

Tengo la oportunidad de presenciar las ponencias sobre las necesidades, las soluciones y la manera de llevar a la práctica la compra y venta de materiales y productos reciclados que magníficamente exponen los representantes de diferentes administraciones públicas y técnicos de diferentes empresas del sector, como son Zicla, Onadis, Gestora de Runes, Breinco, Signus o ADEC.

Durante la tarde escucho al menos tres veces por parte de los ponentes que aun siendo el material reciclado más barato que el convencional y teniendo la misma calidad o superior, cuesta muchísimo hacerlo entrar en el mercado. ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? Me resulta curioso, puesto que la administración pública es, sin ninguna duda, quien más gasto produce en mobiliario urbano y en el sector de la construcción. Y la tenemos de nuestro bando. De hecho, es la administración pública quien organiza este evento sobre compra pública verde y en la sala reconozco a muchas personas que forman parte de ella de una manera o de otra. Casi no tenemos que convencerlos. Ellos apuestan claramente por los materiales reciclados. ¿Por qué no existen, entonces, más productos en la calle realizados con material reciclado? ¿Qué nos queda para convencer a los más escépticos de la dignidad que tiene un producto reciclado?

Por supuesto, las respuestas a estas preguntas pasan por la cautela y el conservadurismo de los que deciden, que prefieren no arriesgarse. Y lo entiendo. Si la madera funciona como asiento en un banco, ¿por qué sustituirla por plástico mix? Y ahí está el error.

Hemos caído en lo fácil, que es la sustitución de un material por otro reciclado. Y nada más. ¿Qué aportamos? Un material diferente con unas características diferentes (algunas mejores, pero otras peores) utilizado de la misma manera como se utilizaba el material de siempre. No es suficiente.

La solución pasa por el diseño (anteriormente conocido como ecodiseño), entendiéndolo como un proceso en el que se tienen en cuenta todas las etapas del ciclo de vida de un producto, desde la conceptualización, pasando por los materiales, la producción , la distribución, el uso y la gestión del producto al final de su vida útil.

¿Qué utilidad tiene un banco hecho con plástico mix –procedente de los residuos sólidos urbanos que se tiran en el contenedor amarillo- si la gente no lo usa por miedo a que se le enganche la ropa?¿Por qué sustituir el material de una farola por otro sin discutir su fase de uso, es decir, la energía que consume durante su vida útil? ¿Por qué cambiar una papelera por otra que aun usando un material reciclado tiene más tornillos, o pesa más, o es más difícil de anclar que la papelera de toda la vida? Sencillamente, la sustitución de un material convencional por otro reciclado no hace al producto mejor. Ya que nos ponemos a cambiar cosas, mejoremos globalmente el producto, en todas sus fases. Démosle más valor, a través de su diseño.

Y valoremos las propiedades de los nuevos materiales reciclados tal y como son, sin compararlas con lo que ya hay. Los nuevos materiales (reciclados y no) nos ofrecen nuevas oportunidades de aplicación. Quizás debamos replantearnos la manera en que nos sentamos en el espacio público y no un banco. De esta forma, encontraremos soluciones reales y aprovecharemos todas las ventajas de estos nuevos materiales.

Además, creo que debemos ser muy críticos con los objetos, tanto si somos diseñadores como usuarios. Plantearnos dudas, hacernos preguntas. ¿Es mejor el plástico reciclado que incorpora residuos de biomasa producido en India o la madera con sello de garantía que se produce en Girona? ¿Es mejor el plástico reciclado que incorpora residuos sólidos urbanos mezclados, pero que es sensorialmente desagradable o el plástico reciclado que incorpora residuos industriales más homogéneos y que, por lo tanto, es más agradable a la vista y al tacto?  Evidentemente, dependerá del contexto. A falta de herramientas específicas que nos ayudarán a tomar decisiones, como el ACV –análisis del ciclo de vida-, utilicemos el sentido común.




o: Reflexiones sobre biomímesis previas al taller o Debate: artefactos en la vida cotidiana o Ética medioambiental, de Rosario Miranda

Oda a mis bambas

En en el año 2004 me compré unas zapatillas deportivas verdes y amarillas. No buscaba esos colores en especial porque fuera fan de la canarinha, ni mucho menos. Tampoco quería ese modelo específico de bambas. De hecho, me costaron 20 euros en un megastore del calzado. Simplemente, necesitaba unas bambas, un objeto al que darle uso y, entre todos los modelos que vi en la tienda, éstas fueron las elegidas. Y nada más.

Pero poco a poco me fui dando cuenta de que no eran unas bambas y nada más. Por su estética, o por su comodidad, o porque eran diferentes al resto -aún no lo sé, aunque puedo llegar a intuirlo- les fui cogiendo cariño. Estas bambas estuvieron viviendo conmigo un año en Dinamarca, pasaron frío en Polonia, se mojaron en Oslo y casi se derriten durante el cálido agosto italiano. Pasaron buenos y malos momentos, como yo. El vínculo que tracé con un simple producto de calzado iba más allá del meramente funcional y se adentraba en lo afectivo. Mis bambas ya no eran 'unas bambas'. Eran 'mis bambas' y las arreglaba cuando se rompían, las limpiaba cuando se ensuciaban y las cuidaba para que me duraran más.

Ahora, en plena mudanza, me he visto forzado a desprenderme de cosas y, por mucho que me duela, tras 6 años de compañía, mis bambas ya no me sirven porque han perdido la mayor parte del valor funcional por el cual las compré; ya no son cómodas, tienen la suela rota y son más marrones que verdes. Y por muy enfermizo que parezca al relatar mi relación con estas bambas, cierta cordura me queda para saber que se trata tan sólo de un objeto y que, como tal, cuando ya no me vale, me debo desprender de él. (Aún así, ¡seis años son muchos años de vida útil!).

Los diseñadores tenemos el poder (y la responsabilidad) de otorgar vida a un objeto. No es fácil provocar que un usuario muestre afecto por un producto cualquiera y son muchos los factores que hay que tener en cuenta, pero es necesario ese vínculo con los objetos para un consumismo responsable. Para comprar menos y de mayor calidad. Para que las cosas duren más, para que -por ejemplo- el calzado no dure sólo una temporada. Para reparar en lugar de reponer. Más allá de las experiencias personales vividas con ese objeto, podemos facilitar esa relación persona-objeto diseñando cosas más duraderas (la obsolescencia está obsoleta), que no pasen de moda, que se puedan customizar o que sea el propio consumidor quien participe de forma activa en el proceso de diseño.


Bambas, ¡descansad en paz!

o:  Danish butter cookies o Lo estético es sostenible o Wabi de Camper

Naturaleza en espacios abandonados

El plan Anglesola tiene como objetivo principal la creación de nuevos edificios en el casco antiguo del barrio de les Corts. Para ello, hace algo más de un año derribaron una serie de edificios singulares, incomprensiblemente sin ni siquiera mantener la bella fachada. Paseando ayer por mi querido barrio –que pronto dejaré- me sorprendió gratamente la manera salvaje en que la naturaleza se ha apoderado de esos solares abandonados: la vegetación crece sin ningún tipo de control, sin ningún alcorque o limitación que se lo impida, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los parques, donde todo está perfectamente calculado (las hiedras con las hiedras y las gramíneas, por favor, que no invadan lo que no es suyo); los pájaros campan a sus anchas e, incluso, se pueden ver algunos pequeños reptiles inofensivos.

De todos modos, los sentimientos son contradictorios: por un lado, entiendo que un solar abandonado, lleno de maleza y donde reina el caos, pueda no ser un lugar socialmente aceptado y que genere rechazo. Puedo llegar a entender -por esa antipatía que genera lo no ordenado-  que se convierta en una zona donde tirar escombros y basura y que, obviamente, esto conlleve problemas de seguridad, higiene y civismo. Pero, por el otro lado, defiendo las ideas de Kevin Lynch en su libro “Echar a perder”, donde explica que esos espacios abandonados, decadentes y deteriorados son necesarios en las ciudades, y que debemos aprender a valorarlos y saber gestionarlos bien. Por ejemplo, esos lugares invadidos por la naturaleza fomentan la biodiversidad. Seguramente (me gustaría estudiarlo empíricamente), existan más especies diferentes por metro cuadrado que en cualquier parque típico (que parece que los espacios verdes en Barcelona son franquicias, todos iguales, con las mismas especies y distribución). Lynch dice que en un antigua estación de tren en Berlín es “actualmente (en 1995, cuando escribió su libro, porque creo que se refiere a la zona donde hoy día se alza la nueva y flamante estación central de Berlín) un rico paisaje que contiene muestras de un tercio de toda la flora de la región, incluyendo especies raras y amenazadas y algunas formas autóctonas”. De hecho, la exposición de Jef Beys sobre especies ruderales nos da una idea clara de la utilidad medicinal y culinaria asociada a esas plantas que crecen en cualquier sitio de la ciudad.

El ser humano tiende a ordenarlo todo. Intentamos ordenar la naturaleza y eso se aprecia en ramblas y parques de nuestras ciudades, donde todos los árboles son de la misma especie, tienen la misma altura y están ubicados a la misma distancia el uno del otro. Pero la naturaleza es caótica y desordenada, aunque harmónica e (invisiblemente) estructurada. Un bosque es así y lo disfrutamos, sin preocuparnos de si este árbol no debería ir unos metros más allá o qué hace esta planta de flor azul entre arbustos de genista. ¿Por qué no lo disfrutamos también en nuestras ciudades? ¿Por qué no aprendemos a apreciar y respetar las plantas que crecen de manera espontánea?





o: Catálogo de especies ruderales o Andrea Acosta o La ciudad en crisis

2010: rediseñando una nueva década desde lo local

Los buenos propósitos para esta nueva década que empieza de nuestro amigo y colaborador Sergi Costa Duran son claros: vivir mejor, de manera más sostenible y siempre desde lo que tenemos más cerca. Aquí está su carta a los Reyes Magos:

2009, el año en el que vivimos peligrosamente, nos ha dejado. Un año de tímida respuesta política para enderezar el clima, particularmente cargado de corruptelas y desarraigo político y que, paradójicamente, cierra una década de creciente concienciación ambiental entre la opinión pública. Con unas ganas inmensas de que la década que acabamos de estrenar acabe con mayor brillo ambiental (no hay duda de ello), os dejo con doce gestos locales desde mi parcelita para el bien de lo global:

1. Más literatura ambiental. Acabar de leer Biomimicry, de Janine M. Benyus, un libro fundacional para este blog del amigo Jon, que aunque cueste más de lo previsto, seguro que aún tiene cosas bellas que contar.
2. Menos CO2. Si puedo, viajaré en avión una sola vez al año. Ahí va una calculadora por si debo compensar: http://www.terra.org/calc/
3. Menos Made in China. A casa llegó con la cesta de navidad esta lata de espárragos. Envasados en Navarra, pero criados en China (!?). Tal como va el mundo (globalización, poca implicación en el COP 15, represión civil, huella ecológica…) intentaré en lo que pueda consumir menos productos producidos por el gigante asiático.
4. Más salud. Continuar con el tradicional zumo de pomelo cada mañana, ese genial antiresfriado sin química farmacéutica.
5. Más renovables. Sopla el viento en mi terraza, cargo el móvil o el iPod. Así de fácil.
6. Menos sintéticos. Adquirir textil de algodón orgánico cuando sea posible. Menos derivados del petróleo, química y sweatshops para el planeta.
 7. Menos es más. ¿Quién necesita una máquina de afeitar con pilas de Braun? La cargo con pilas recargables, pero con un poco de destreza ¿no sería mejor usar una simple navaja mono o bimaterial?
8. Adiós bolsa caca. Curiosamente Carrefour (¡?) tuvo que mostrar a la mayoría el camino del no retorno. Esperaremos aún 2-3 años para su adiós definitivo. No para dejarlas de usar (ya hace tiempo que algunos van con el cesto o las de tela) sino para ver las excusas de algunos cuando las hagan pagar.
9. Más huerto urbano. Vivir en el campo seduce mucho. Pero durante la espera me conformaré con estas minilechugas. Seguro que con riego por goteo y cubriéndolas un poco en las noches frías acaban siendo lechugas como dios manda.
10. Menos carne. Otro producto de la cesta de navidad que algunos aconsejan consumir con moderación. Parece que el planeta nos lo agradecerá.
11. Menos química en boca. Son años de fidelidad a una marca, Colgate, por pura inercia. Empiezo el año con nuevo dentífrico con base de eucalipto y con certificado Ecocert.  ¿Un poco más caro? Indudablemente pero, ¿no sabías que tu compra es un voto para un oferta más plural?
12. El hombre y sus circunstancias. Siempre he pensado que ser 100% integro con el medio ambiente es tarea prácticamente imposible. Incluso sintiendo de cerca  el tema desde pequeñito, acabas pecando. No te desanimes, el margen de mejora en este campo es indefinido.

Os deseo un año bien fructífero.

Lecturas recomendadas del año que nos dejó:
- Ethical Living (Duncan Clark, Rough Guide)
- Sostenible: un manual de materiales y aplicaciones prácticas para los diseñadores y sus clientes (Aaris Sherin, Gustavo Gili)
- Print and production finishes for sustainable design (Edward Denison, Rotovision)
- 34 kg de CO2 (AuS, DMAH)
- Autonomía energética (Hermann Scheer, Icària Editorial)


Imagen principal: Nick Dewar para ReadyMade

+: Wirbooks
o: Test para el Hymini o Meriendas a tutiplén o Lo más destacado del Drap-Art '09