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No hi ha mala herba

Todo aquello que la humanidad no ha plantado y que crece sin permiso simplemente es considerada una mala hierba. Pero estas plantas esconden, sin duda, un gran potencial culinario y, algo aún más importante, una manera extremadamente valiosa para acercar el interés por la botánica a aquellas personas que desconocen la gran biodiversidad que tenemos a pie de calle.

En el libro “No hi ha mala herba”, de Pol·len Edicions, descubrimos cuáles son las plantas ruderales más típicas, así como los usos ancestrales que han tenido, las leyendas, refranes y dichos populares asociados a éstas. Además, enseñamos dónde y cómo cogerlas, cómo cocinarlas y hablamos con unas cuantas personas muy vinculadas a este tipo de plantas para que nos cuenten su experiencia.

Por último, consideramos que las acciones creativas y el diseño tienen mucho que aportar en la conservación, fomento y valorización de la biodiversidad urbana. Es por ello que le dedicamos un capítulo a este tema, ilustrándolo con proyectos realizados por nuestros alumnos a lo largo de nuestra actividad académica.

El libro, un proyecto de Nutcreatives para Pol·len Edicions, lo puedes encontrar, de momento, en: librería Virus y librería Rayuela.

Sabor fresa

A alguien se le ocurrió un día que el gusto ácido de los cítricos podría ser un buen sabor para aplicar en un helado. Y así lo hizo. La idea gustó tanto que otro alguien intentó replicar ese sabor en un laboratorio para optimizar procesos de producción y costes. Y así lo hizo. Y la idea tuvo tanto éxito que se hizo lo mismo con la fresa, el melón, el pino o la lavanda: intentar copiar un sabor o un olor natural con químicos artificiales.

Hemos recogido fresas silvestres esta primavera. Resulta increíble, por genuino, toparse en el paladar con ese sabor sublime de la fresa original, sin nada que estorbe, sin intermediarios entre el sabor real de la fresa y las papilas gustativas.

Curiosamente, no hay nada menos parecido al sabor de una fresa que el sabor a fresa. Si nos paramos a pensar, más que una imitación del sabor es una referencia creativa que juega en el terreno del imaginario colectivo. Posiblemente, si le diéramos a probar a un niño un limón no reconocería que es el referente natural para el sabor a limón del yogur al que está acostumbrado. Pero si esto es así, ¿por qué seguir referenciando sabores y olores al mundo natural? ¿Por qué chicles sabor clorofila y no sabor caroteno, celulosa o miosina, otras biomoléculas igual de insípidas que la encargada de realizar la fotosíntesis?

Con buen criterio, la vanguardia en cuestiones de sabores y olores artificiales está comenzando a proponer sabores tan subjetivos como hasta ahora, pero que no se prestan a confusión. Sabor “nihilista”, “puesta de sol”, “mondrian” o “karma” son realmente sabores tan artificiales como los “piña”, “lima” o “lavanda” actuales, pero sin dejar ninguna duda de que se trata de algo totalmente elaborado por el hombre.

Desafortunadamente, los sabores naturales no son las únicas ideas originales que se desvirtúan por el afán de obtener más beneficios. Ya no sólo tenemos en el coche un ambientador olor “bosque” con forma de “abeto”, sino que somos capaces de comprar alimentos con forma de “tomate” que no saben a tomate. Las abarcas menorquinas empezaron a producirse con residuos de neumáticos y actualmente las podemos comprar de plástico nuevo con forma de neumático. Lo mismo pasa con los tejanos previamente desgastados o con los muebles que simulan tener polilla.

Deberíamos entender que cuando copiamos lo auténtico deja de ser auténtico. Consumamos, cuando podamos, fresas de verdad, tengamos paciencia si queremos unos vaqueros desgastados y seamos conscientes del poco valor de las copias baratas de productos, sabores u olores reales.
Imagen de Alan Sailer

Serres Urbaines: proyecto de redescubrimiento de la biodiversidad urbana


 
Durante el mes de octubre estuve como profesor invitado en la Escuela de Arte y Diseño ESAD de Reims (Francia), donde organicé un workshop sobre el redescubrimiento de la naturaleza en las ciudades. Con el lema "protegemos lo que amamos, amamos lo que conocemos, conocemos lo que usamos", los alumnos debían de proponer acciones para proteger, conocer y dar valor a la biodiversidad urbana.

El equipo formado por Audrey Charré, Clementine Schmidt y Luc Beaussart quisieron resaltar las plantas que crecen espontáneamente en el entramado urbano. Serres Urbaines (Invernaderos urbanos) es un proyecto en el cual, mediante una intervención gráfica tridimensional, se le da valor a esas plantas que crecen entre adoquines. Los pequeños invernaderos atraen la atención de la gente y, además, llevan unas etiquetas en las que remarcan las propiedades de esas plantas, que acostumbran a tener usos culinarios y medicinales.
La segunda parte del proyecto consistió en utilizar los restos orgánicos (hojas marchitas, ramitas, etc.) que se encuentran en el suelo para diseñar unos cubos de compost con los que nutrir las plantas de nuestro hogar.

En general, los alumnos pasaron la semana muy motivados y todos tuvieron ideas muy interesantes (que iremos relatando en próximos posts). Pero este equipo supo plasmar su propuesta en unos productos muy bien resueltos, dejando claro sus objetivos iniciales. ¡Enhorabuena por el trabajo, chicos!

o: Emulating Crusoe o Andrea Acosta o Souvenir holandés 

Bioética y diseño: paredes de piel, alfombras de pelo

Cuentan los relatos bíblicos que Jonás fue castigado por Yahveh por negarse a predicar al pueblo de Nínive. Jonás, intentando huir de la presencia de su Dios, se embarca rumbo a Tarsis, pero una tempestad lo arroja al mar y es tragado por una ballena. El profeta pasa tres días y tres noches dentro del animal hasta que es expelido, de nuevo, a la superficie. ¿Qué encontraría Jonás dentro de la ballena? ¿Qué haría? ¿Cómo se sentiría en un habitáculo orgánico? Cuesta imaginar, pero la verdad es que estamos muy cerca de experimentar esas mismas sensaciones.

Estamos empezando a diseñar con genes y eso significa la creación –en su versión más divina- de nuevos espacios, productos o realidades. Pronto sustituiremos nuestros instrumentos actuales (cartabones, autocads, maderas o aceros) por otro tipo de materiales y herramientas (probetas, pipetas, material genético) que pondremos al servicio de nuestra creatividad. Y, sin ninguna duda, el uso de la ingeniería genética conlleva un cierto riesgo ético que debería ser debatido y valorado.

De hecho, manejar lo natural para nuestro goce y disfrute es tan viejo como lo es la agricultura. Aunque, de un tiempo a esta parte, se ha acelerado la modificación de los recursos naturales debido a la aparición de los avances científicos. Estos recursos están siendo genéticamente seleccionados para mejorar la producción, la conservación o la calidad de productos alimentarios y de salud, fundamentalmente. A nivel medicinal, por ejemplo, los trasplantes de tejidos (cardiovasculares, epidérmicos, osteoarticulares o de córnea) están a la orden del día. En los últimos años, la NASA o la Universidad de Eindhoven están desarrollando tejido muscular de cerdo en el laboratorio que puede llegar a competir en el supermercado con las chuletas de cerdo convencionales para el año 2014. Seguramente en un futuro, como apunta la doctora en ingeniería agrónoma Silvia Burés, “es posible que sustituyamos el cultivo de tomates por el cultivo de células de tomate con la textura especial de la salsa que utilizamos para nuestros platos.”

No hace falta hablar de la controversia generada por los alimentos modificados genéticamente. El profundo debate abierto al respecto es bueno y necesario, porque existen argumentos igualmente válidos tanto para posicionarse a favor como en contra. Al final, de todos modos, no hay blanco ni negro, sino que hay que encontrar, entre todos los agentes implicados, la diferente escala de grises.

Todo llega, y ese jugar al Lego con los genes se viene traduciendo a la arquitectura y el diseño. Antes de esto, de hecho, ya variamos el comportamiento de plantas, animales o ecosistemas para el beneficio humano: presas artificiales que alteran el paisaje y nos dan de beber, vegetación de ribera que actúa como depuradora de nuestras aguas contaminadas o tejados verdes que nos protegen del frío y del calor. De manera más experimental, Joshua Klein enseña a cuervos a buscar monedas perdidas en la calle o Mathieu Lehanneur diseña objetos que interactúan a nivel homeostático con nuestro cuerpo para mejorar nuestro bienestar.

Haciendo un zoom creativo llegamos al goloso juguete del ADN. A nivel urbanístico, encontramos aventuras como las del tándem formado por Tuur Van Balen (diseñador) y James Chappell (biólogo), que han creado una bacteria que modifica el metabolismo de las palomas y las hace defecar jabón, diseñando una máquina viva limpiadora de calles. O los árboles fluorescentes de Alberto T. Estévez, a los que se les ha integrado una secuencia genética de algas con esta propiedad, lo que permite tener árboles en la ciudad que emiten luz. Estévez y su grupo de investigación en Arquitecturas Genéticas hablan de la creación de viviendas como si fueran seres vivos, lo mismo que Jonás y su ballena. Suelos donde crece pelo natural o paredes de piel, capaces de calentar una estancia a través de sus venas.

Camas de tejido pulmonar capaces de respirar, sofás termorreguladores, automóviles óseos autorreparables,… nuestra imaginación no tiene límites y, próximamente, la técnica será capaz de convertir estos sueños en algo real. Pero, ¿estamos preparados? ¿Es moralmente practicable? ¿Podemos permitirnos modificar la naturaleza a nuestro antojo? ¿A nivel medicinal y de alimentación sí, y a otros niveles no? ¿Hay diferencias entre modificar comportamientos o ecologías –como ya veníamos desarrollando- y hacer cambios genéticos en los seres vivos para nuestro beneficio?

Como siempre, son nuevas técnicas y materiales que en función de quién y de cómo se usen, prevalecerán los beneficios sobre las desventajas, o viceversa. La cuerda que separa lo revolucionario de lo funesto es tan fina que corremos el riesgo de caernos. Pensemos antes de actuar. No es juego de niños.

Risiduos

 
 
 
Amor igual a respeto. Y el amor, con humor, entra mejor. Por eso el respeto por el medio ambiente, en tiempos en los que las palabras "sostenibilidad" o "cambio climático"  empiezan a cansar y a perder su sentido, el (sentido del) humor abre una puerta por la que entra aire fresco y hace que sigamos estando al quite de lo necesario que es cambiar de hábitos para no cargarnos el planeta.
El libro Love Earth, de reciente publicación y editado por Viction:ary, nos adjunta un folleto con 100 ecoideas que quizás sean más interesantes que los (ya superados) 100 ecodiseños que nos muestran en sus páginas.
Estas 100 ecoideas forman un cuerpo de propuestas sensibles, creativas y más o menos divertidas que fueron enviadas a la editorial por visionarios de todo el mundo e ilustradas por Funny Fun With Guillaume. Estas propuestas constituyen la determinación al cambio, el inicio de una campaña que nos hace repensar desde nuestros hábitos cotidianos a las políticas ambientales internacionales que se están llevando a cabo. Y todo ello, sin perder el más valioso de los recursos: la sonrisa.

Hablando de risas y residuos, el próximo 11 de noviembre, de 10 a 14 en el Palau Robert de Barcelona, organizamos desde ESDi y con la colaboración de la Agencia de Residuos de Catalunya, el taller Risiduos, la risa y las emociones como estrategia de prevención y comunicación socioambiental. Estais todo/as invitados/as.

Emulating Crusoe: Re-discovering local Nature and taking it as a local resource.

Imagina tu ciudad como un sistema aislado, como si fuera una isla. ¿Sobreviviríamos? ¿Tendríamos suficiente con lo que nos da la tierra? ¿Conocemos los recursos naturales que tenemos al abasto?¿Qué haría Robinson Crusoe?

Esta es la hipótesis en la que nos centraremos en el taller que estoy organizando y que desarrollaré durante la semana que viene en la Escuela de Arte y Diseño de Reims, en Francia.

Las ciudades, como muchos científicos afirman, funcionan como ecosistemas y, por lo tanto, deberían tender hacia el equilibrio y la autosuficiencia. Un árbol no importa las hojas de China y el compost de Sudamérica. Vive con recursos propios, con lo que tiene cerca. Las ciudades pueden darnos (casi) todo lo que necesitamos para vivir bien. Pero nuestra falta de conocimiento acerca de la naturaleza urbana hace que nos estemos perdiendo una capa de información muy importante que puede ayudarnos a mejorar el territorio de manera sostenible (a nivel económico, cultural, social y ambiental). La naturaleza en las ciudades puede convertirse en una buena fuente alimenticia, medicinal e, incluso, de felicidad. Las ciudades pueden convertirse, de este modo, en proveedoras de bienestar (lo que ahora buscamos cuando viajamos a los Pirineos o a las islas Fiji). Para ello, debemos proteger la biodiversidad urbana. Pero solo protegemos lo que amamos, y solo amamos lo que conocemos (y conocemos solo aquello a lo que damos valor).

A través de metodologías de diseño exploraremos el entorno, siendo capaces de detectar y analizar los potenciales recursos territoriales y las necesidades de los ciudadanos, de manera que podamos inventar nuevas maneras de proteger, conocer y utilizar la fauna y la flora urbanas.

A ver qué tal sale...

o: Naranjas amargas o Take a seed o Las mentes del margen no son mentes marginales

Las cosas cambian (o deberían)

"You never change things by fighting the existing reality. To change something, build a new model that makes the existing model obsolete." Buckminster Fuller

En 1946, la publicidad aparecida en las revistas americanas era contundente: el uso del DDT era benefactor para toda la humanidad. Así lo avalaban numerosos estudios científicos y las empresas productoras, que aseguraban la bondad de los alimentos tratados, más grandes y con más zumo. En la reciente estrenada película The tree of life, aparece una escena de la época en la que un camión pulveriza con este insecticida -en teoría, inocuo- el enjardinado de las calles. Los niños, ingenuos, corren detrás del camión, celebrando su particular fiesta de la espuma bajo la nube de gas y cloro. Veinticinco años más tarde, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) prohibirá el uso del DDT por considerarlo cancerígeno potencial para el hombre y un peligro para el medio ambiente.

En los años ’60 empezaron a utilizarse con frecuencia las grasas trans, aceites vegetales hidrogenados, que aún podemos encontrar en margarinas, bollería y en la mayoría de productos procesados. De esta manera, los alimentos se mantienen frescos durante más tiempo y tienen una textura más apetitosa. En 2008, California fue el primer estado de los EUA en prohibirlos, y le han ido siguiendo otros estados, países y empresas, por los riesgos para la salud que estas grasas suponen.

En cualquier caso, no podemos dudar de que los avances técnicos y científicos, en el momento de su aplicación, se desarrollan para el beneficio de la humanidad. Pero el mundo cambia, la ciencia avanza y el conocimiento se amplía. Lo que ayer fue bueno, quizás hoy ya no lo es tanto y eso ha ido pasando con tantos y tantos ejemplos. Como dicen los autores del libro Cradle to Cradle, el hipotético brífing de la Revolución Industrial no fue “el diseño de un sistema de producción que emita billones de toneladas de material tóxico a tierra, mar y aire, que requiera miles de complejas regulaciones legales para que el ser humano y los sistemas naturales no se contaminen con demasiada rapidez, que produzca materiales peligrosos que necesiten vigilancia especial durante las siguientes generaciones y que erosione la diversidad cultural y biológica del planeta”. Aunque no lo pensaran de inicio, aunque no se haya provocado adrede, estos son algunos de los efectos secundarios consecuencia de nuestro modelo vigente de desarrollo económico.

En el siglo pasado funcionaron unas cosas que en éste ya no nos sirven porque ahora debemos tener en cuenta factores que antaño desconocíamos. La humanidad no nació enseñada. Ensayo-error. No pasa nada: si invento el fuego y me quemo, mejoro el sistema para que no me vuelva a pasar. Si lo que hice ya no funciona, diseño algo mejor que lo sustituya. El problema es que no es tan fácil cambiar, progresar. Se crearon muchos intereses detrás del DDT, de las grasas hidrogenadas, del motor de combustión o de la economía basada en el capital. Nadie quiere cambiar las soluciones que idearon para las necesidades de ayer, que no son las mismas que las existen hoy. Nadie quiere perder lo que tiene. Lo que no nos damos cuenta es que si no cambiamos, si no nos adaptamos, si algunos no sueltan prenda, todos lo vamos a perder todo.

Jam

Disculpen la demora, pero ando preparando mi presentación para el PechaKucha vol. 13, acabo de convertirme en ecólogo industrial (un máster es casi peor que un parto), vuelve la asignatura de Biónica en ESDi y con Nutcreatives estamos que no paramos. En breve, más energía para Resseny.

El orfanato verde

 
 
 
 
 
Solemos actuar al atardecer. Más que nada, porque es cuando volvemos del trabajo. Pero también porque es el mejor momento para hacerlo. Cerca de casa hay un centro de jardinería. Cada día, a la hora de cerrar, sacan a la calle dos cubos que, más tarde, pasarán a recoger los servicios de limpieza. Uno está lleno de plástico y cartón; el otro, de residuos orgánicos. Dentro de este último hay tierra, hojas marchitas, restos de poda y plantas enteras que no pudieron vender. Son plantas que han sido desechadas por ser un poco más pequeñas, estar un poco más mustias o no tener flores cuando debieran. Son plantas que simplemente requieren de unos pocos más cuidados que el resto: un poco más de agua, un poco más de sol y un poco más de tiempo para verlas crecer. Nada más. De la misma manera que hay personas que recogen alimentos a punto de caducar en la puerta del supermercado, nosotros pasamos periódicamente por delante del centro de jardinería para recuperar plantas que, de otro modo, acabarían tratadas como un residuo. Es algo que viene de lejos. Del lugar de donde vengo, zona residencial y turística a partes iguales, siempre hemos visto plantas abandonadas al lado del contenedor, justo en la puerta de hoteles, restaurantes o casas privadas. Y siempre hemos parado el coche y las hemos metido en el maletero. Como quien recoge animales abandonados, pero en formato vegetal. Nuestro jardín ha ido creciendo con estas plantas que un día fueron repudiadas, y nos han devuelto generosamente ese esfuerzo con flores, frescura y belleza. En el jardín veréis geranios, rosales, lavandas o albahacas. Arbustos como bambús, laureles o buganvilias. E incluso, un olivo y una palmera. Todo recogido de la calle, todo salvado del container. Es por eso que nuestro jardín ha pasado a convertirse en un orfanato vegetal.

¿La calle es tuya?

Esto no se toca, quita. Con esto no se juega, dale. No pises el césped, no corras. Aquí no se juega a pelota, niño. Sí, en efecto: el uso del espacio público, aunque suene a perogrullada, es público. Y pese a que, en cualquier caso, para llegar a una convivencia harmoniosa entre ciudadanos son necesarias unas reglas que hay que acatar, en muchas ocasiones da la sensación de que estas decisiones no son del todo apropiadas y reprimen al ciudadano de gozar del espacio urbano. Por ejemplo, ¿por qué un perro juega libremente sobre el césped de un parque y hay una señal que indica de manera expresa que me está prohibido pisar ese espacio por ser un humano?¿o por qué los vehículos ocupan el espacio que perfectamente podría estar destinado al viandante? Posiblemente, por pasar más tardes en la calle debido al buen tiempo y por el recuerdo –ya lejano- de los partidos de fútbol en la plaza con amigos, recojo algunas acciones que fomentan la recuperación del espacio público para el juego y el disfrute colectivo.

El primero que me viene a la mente es Santiago Cirugeda y sus Recetas Urbanas, que aprovechan las fronteras legales para beneficio del ciudadano. Kuvas S.C. es una de las acciones que permite la instalación provisional de un parque público sin necesidad del permiso explícito del Ayuntamiento.
 El juego también es el eje central de las acciones de ocupación pública de Démocratie Créative, que proponen actividades participativas lúdicas y deportivas aprovechándose de los elementos urbanos con imaginación e ironía.
Maider López, artista que trabaja en/con el espacio público, planteó en Sharjah (Emiratos Árabes) un terreno de juego no convencional instalando unas porterías de fútbol en los extremos de la plaza y pintando unas líneas que interferían en los usos convencionales del lugar.
 
Más allá de lo anecdótico que puedan considerarse estos ejemplos, creo muy interesante el planteamiento de alejarse de lo regulado, de lo establecido, para inventar nuevos usos de un espacio que es de todos. Es posible plantear nuevas maneras de vivir nuestras ciudades, de volver a retomar las calles, de generar políticas y áreas donde los niños puedan jugar y se sientan a gusto, sin ser tan cuadriculados en las normas y en los espacios. Dejar fluir, aunque sea sólo un poquito, la creatividad social y la improvisación en las ciudades. ¿Y quién tiene más creatividad que un niño?
En la foto de cabecera, el Pabellón Lucas Nogueira Garcez diseñado por Niemeyer en 1954 en Sao Paulo y que alberga en su interior un museo. Es conocido localmente como la Oca y recibe la mayor atención por su techo con suave pendiente, un magnífico tobogán improvisado para los jóvenes aventureros.
 

Abajo el ecodiseño sexi

No existe un modo exclusivo de trabajo sostenible. Éste dependerá de las condiciones locales, de los recursos disponibles y de las especificaciones de cada proyecto en particular. Afortunadamente, como argumenta Alastair Fuad-Luke, ya ha pasado aquella etapa en la que se identificaba el ecodiseño con productos que se creaban con la mejor de las intenciones siguiendo criterios ambientales poco rigurosos, interponiendo éstos por encima de cuestiones estéticas, económicas o de calidad y, por tanto, resultaban ser productos feos y caros. Estamos en un momento en el que dominan los ecoproductos icónicos, es decir, aquellos que simplemente por poseerlos ayuda a sus propietarios a posicionarse en un estilo de vida más sostenible con respecto al resto de consumidores. Son productos atractivos, deseables, donde prima la función estética por encima de los valores de sostenibilidad. Se ha pasado de A a C. Pero hay que volver a B. Lo sexi mola, pero sin justificación es contraproducente. Sobre todo, teniendo en cuenta que actualmente todo el mundo se sube al carro y que, cada vez más, cuesta separar el grano de la paja. Estamos despitando a nuestros clientes y esto implica que la sostenibilidad en los productos se está empezando a ver como algo, incluso, negativo. Cuesta vender ecodiseño. Antes por desconocimiento. Ahora por desconfianza.

Es por ello que hemos querido hacer un decálogo, totalmente subjetivo, que agrupe los puntos clave que hay que reconocer para poder discernir entre lo que es buen ecodiseño (o mejor, buen diseño) y lo que está mal diseñado. Esperamos vuestras aportaciones:

1. Diseñar hábitos. ¿Es mejor una bolsa de tela que una de plástico? Pues depende. De la situación y de las costumbres. Sustituir bolsas de plástico por bolsas de tela no sirve de nada si no cambiamos los hábitos de las personas. En realidad, da igual llevar al mercado una bolsa de algodón o una de polietileno. La clave está en el verbo, no en el adjetivo. En el acto de llevar consigo y no en el material del que está hecho el contenedor. ¿La recogida selectiva es buena iniciativa? Sí, sólo si se hace bien. El diseñador tiene un papel vital en la adquisición de nuevos hábitos por parte de los consumidores y es éste el que tiene que ampliar y fortalecer.

2. El reciclaje creativo no es la (única) solución. Es una estrategia de ecodiseño recurrente y muy válida a nivel comunicativo y de concienciación, pero no es el único medio para conseguir reducir residuos. De hecho, lo óptimo sería no producir residuos, generar sistemas de producción de ciclo cerrado y, por lo tanto, dejar de diseñar pendientes hechos con chapas, lámparas con tetrabriks o casetas con pallets. De vez en cuando, el uso inapropiado de objetos pensados sistémicamente podría llegar a provocar cierta inestabilidad en ese sistema. Apropiarse de una caja de plástico con las que reparten los yogures Danone para hacerse una cesta para la bici puede resultar una acción creativa, pero detrás queda un circuito cerrado de recogida-devolución con fisuras. A veces, el remedio es peor que la enfermedad.

3. Fomentar la biodiversidad. Generar abundancia biológica es uno de los lemas del pensamiento Cradle to Cradle. Sin embargo, fomentar la biodiversidad no reside en el diseño de gadgets zoomórficos o nidos para pájaros. Resulta sorprendente la cantidad de nidos o comederos realizados por diseñadores profesionales. Afortunadamente, las aves saben hacerse su propio nido y no acostumbran a vivir en chalets de colores estridentes, construidos con placas de matrícula o cartones de leche. La solución pasa por pensar mejor el espacio urbano para que puedan abastecerse por cuenta propia de los recursos necesarios para su supervivencia y proliferación: mejores árboles, más prados, mayor protección, mejor convivencia. Se trata de atajar el problema de raíz y no de poner parches. Porque queremos generar abundancia de aves, no de nidos.
4. El material hace al objeto. El ecodiseño no consiste en sustituir un material por otro reciclado. Un nuevo material –independientemente de si es reciclado/reciclable o no- ofrece nuevas posibilidades conceptuales y formales y, por lo tanto, no basta con un cambio de materia prima, sino que hay que valorar qué necesidades tenemos, qué nos aporta el nuevo material seleccionado y cómo configuro un resultado mejor en todos los aspectos. El material, por ser reciclado, no tiene por qué hacer al producto más sostenible. ¿Por qué cambiar, por ejemplo, una papelera por otra que aun usando un material reciclado –y debido a ello- tiene más tornillos, o necesita más mantenimiento, o pesa más que la papelera de toda la vida?

5. Dejar de triturar. Cada día aparece un nuevo material formado con residuos machacados. Parece una receta de cocina: se cogen virutas de madera, se le añaden restos de envases, se tritura todo bien, se le añade un aglutinante y ¡listos!: un nuevo material que, como mucho, servirá como pieza estructural o como aislamiento acústico. Al proceso de convertir materiales de desecho en productos de menor calidad y funcionalidad reducida se le llama infraciclar y no tiene nada de bueno. Primero, porque esos residuos/materias primas, en un ciclo productivo más eficaz, podrían reciclarse de manera que no perdiera (tanta) calidad. Y, segundo, porque según que se mezcla, al final de su vida útil eso no va a haber quién lo separe. Y no hay tanto ruido para tanta pantalla aislante.

6. Poseer o no poseer. Compartir es la cuestión. Medimos nuestra riqueza por la cantidad de cosas que tenemos, pero no por poseerlos somos más felices ni por consumir según qué productos beneficiamos el planeta. De hecho, no se salva el mundo por tener tres Toyota Prius Hybrid. Podemos vivir mejor con menos cosas, porque las funciones -tanto prácticas como simbólicas- de éstos pueden ser suplantadas por un servicio. No necesitamos una lavadora en casa; lo que queremos es nuestra ropa limpia. Necesitamos reeducarnos como consumidores y avanzar hacia un decrecimiento objetual.
 7. La imperfección de lo natural. Pensamos que los materiales naturales son más sostenibles, pero no siempre es así. En función del uso del producto, en algunos casos los materiales biológicos no garantizan la estabilidad y duración que requiere la función del producto en el que están incorporados. Certificar la procedencia es vital, porque si no se tienen garantías del origen de la madera, quizás estemos favoreciendo la tala ilegal de árboles en el Amazonas. Tampoco podemos descuidar los procesados de ese material natural, porque si a la caña de bambú la laminamos, la lijamos, la blanqueamos, la pulimos y le damos color, aparte de despojarla de todas sus cualidades, el impacto ambiental podría llegar a ser mayor al de una tarima realizada con otra materia prima.

8. Trabajar desde lo local. Se hace duro competir por precio con la producción asiática, eso es indudable. Pero si se produce de manera local, se hace para fomentar y desarrollar economías de proximidad y no con el objetivo primordial de luchar por precio, porque se trata de valorar otras cuestiones. Los proveedores locales han de alcanzar la excelencia. De nada sirve que algo esté hecho aquí, pero esté mal hecho. Lo mismo pasa si las condiciones (laborales, económicas o de salud) de los trabajadores locales son peores a las que ofrecen en otros continentes, como sucede en algunos casos donde los promotores se aprovechan de la falta de alternativas de según qué segmentos de población. Producción cercana sí, pero de calidad.

9. La energía solar, mejor con sol. Si lo único que hacemos es incorporar una placa solar en nuestro diseño, sin tener en cuenta el contexto, no hacemos nada. Una farola autosuficiente energéticamente en un lugar donde ya existe una red eléctrica consolidada puede ser redundante. Un elemento urbano con placas solares que no pueden orientarse hacia el sol o que están ubicadas en un lugar sombrío, por muy bien que salgan en las fotos con políticos, no sirven. Como no sirven unos molinos de viento en un lugar sin aire, un aeropuerto sin aviones o una vía férrea de alta velocidad que transporta quince pasajeros al día.

10. Sospecha de lo eco-friendly. Sé crítico con absolutamente todo lo que consumas, pero si lo que vas a comprar se las da de “producto verde”, más. Estamos en un momento de transición en el que nada ni nadie rige a qué se le puede llamar “eco” y a qué no. Y lo “eco” vende. Por lo tanto, son muchos los productos que se comercializan de esta manera. Se hace difícil diferenciar entre lo que realmente ha sido diseñado siguiendo un proceso riguroso de ecodiseño y a lo que simplemente se le ha dado una pátina verde. Existen etiquetas, certificados y otras garantías que, sin duda, ayudan. Pero al final, quien decide es el consumidor, que es responsable de que triunfen los mejores productos.

Pensar en todo el ciclo de vida de los productos, pensar en el contexto, pensar, pensar, pensar. Ésa la simple clave para hacer buen diseño. Pasar de cobrar por lo mucho que haces a cobrar por lo bien que piensas: tener el coraje de decir menos. Ir al grano sin perder la visión panorámica. Dejar de raspar la superficie. Preguntarse el porqué de las cosas y actuar en consecuencia.

Nuu, ¿un banco convencional?

Aparentemente, Nuu es un banco normal. De hecho, ése era uno de nuestros objetivos: diseñar un banco convencional que pudiera competir, a nivel de calidad y precio, con los bancos de la competencia. Pero tan sólo aparentemente, así, en foto de 400x600px. Si nos aproximamos un poquito más, veremos que el proceso de diseño, los materiales y la producción no tienen nada que ver con los bancos que puedas encontrar en tu ciudad.

Nuu es el resultado de la primera fase de colaboración entre Nutcreatives, estudio de diseño integrado de producto, y Grisverd una microempresa productora de mobiliario urbano de las tierras de Tarragona. Lo fundamental es que cuando nos conocimos nos caímos bien y vimos que compartíamos filosofía, por lo que nos planteamos un plan de colaboración a largo plazo, con el objetivo de crear todo un catálogo de mobiliario urbano sostenible.

Tras un estudio de mercado, vimos que había que empezar por lo más humilde, por un banco que estética y funcionalmente no se alejara demasiado de lo que ya se venía comercializando, pero que comportara un riguroso cambio en la forma de pensar el producto.

Evidentemente, nos adaptamos a la experiencia de Grisverd y a sus procesos y maquinaria de producción, basados en la manufactura de plancha de acero. A nivel ambiental, quisimos incidir desde la fase de diseño en la prevención de los impactos negativos más importantes de las etapas del ciclo de vida críticas que señalan los diagnósticos consultados, que son la etapa de selección de materiales y la etapa de uso (la que comporta mantenimiento).

Estudiamos a conciencia los materiales que podíamos usar y nos decantamos por un plástico reciclado para asiento y respaldo y acero corten para las patas. El acero corten es un material que llega un momento en el que se estabiliza su oxidación y se autoprotege. Por lo tanto, ni necesita  procesos de protección (galvanizados, cincados, etc.) ni necesita mantenimiento. La materia prima del plástico reciclado escogido procede de la península ibérica, así como su fabricación, y tiene el distintivo de garantía ambiental de la Generalitat de Catalunya. Es reciclado y reciclable, no huele, no se deforma, no se pudre y, por supuesto, tampoco necesita mantenimiento, a diferencia de, por ejemplo, la madera. Después de realizar un Análisis de Ciclo de Vida Comparativo, comprobamos que los criterios escogidos permiten al banco Nuu tener la mitad de impacto sobre el medio que sus competidores.

A partir de ahí, y siguiendo las mismas pautas de diseño, está creciendo el resto de la familia de mobiliario: papeleras, jardineras, aparcabicis o ceniceros. Creemos que éste es el camino a seguir: ir poco a poco, actuar con coherencia y revisar a conciencia cada uno de los pasos que damos.

Competir con las grandes empresas de mobiliario que fabrican en China siendo una pequeña empresa que produce en Gandesa es difícil, pero ahí está la grandeza del reto. Y, sobretodo, dando ejemplo de cómo gestionar el diseño y la sostenibilidad en sus productos, a través de nosotros, Nutcreatives, otra microempresa con ganas de agitar la manera establecida de hacer las cosas.

La aceptación de la primera pieza es, por el momento, excelente. Nuu ganó en primavera el 1r premio Ebreambient de Productos Sostenibles y ha sido seleccionado para los prestigiosos premios Delta de diseño Industrial de la que, por cierto, mañana se inaugura en el FAD su exposición.


Design won't save the nature

Caminando por la ciudad de Berlín encontré este stencil impreso en el pavimento. "Design won't save the nature". A pesar de saber que se trata de un reclamo publicitario de una emergente marca de bicicletas, nunca estuve más en desacuerdo con una frase.

Las disciplinas creativas aplicadas, como son el diseño, el paisajismo, la arquitectura o el urbanismo tienen mucho que decir a la hora de prevenir impactos negativos sobre el medio y fomentar la diversidad cultural y biológica. Simplemente se trata de pensar (más) en todo cuanto rodea al artefacto (sea edificio, mueble, parque o complejo residencial). Sin duda, cualquier acción humana provoca un "efecto mariposa" sobre nuestro entorno. Nos comentaban las chicas del "Obrador Xisqueta" (una asociación que está dinamizando a nivel social y económico un territorio rural a través de la valorización de la lana de la oveja xisqueta, una raza autóctona del Pirineo en peligro de extinción) que los pastores están sacrificando las ovejas negras de sus rebaños -mantener una oveja de este color es una tradición cultural que se ha prolongado a lo largo de los siglos- porque la legislación ha declarado a la oveja xisqueta una raza de protección especial, pero sólo a aquellas que cumplen con las características definidas sobre el papel. Evidentemente, la oveja negra no las cumple. Éste es simplemente un ejemplo de cómo una acción, en principio, bienintencionada -proteger una raza en peligro de extinción- provoca una extinción cultural significativa, como es cargarse las ovejas negras de los rebaños.

Se trata de pensar un poquito más, de ir más allá, de buscar y dialogar con todos los actores implicados, de tener en cuenta todos los componentes que configuran un sistema. No se trata, tampoco, de filosofar y no tener, después, margen para pasar a la acción. Consiste en encontrar un equilibrio y mejorar poquito a poco, no de crear el diseño perfecto a la primera.

Me gustan, por ejemplo, las pequeñas acciones a nivel urbanístico que he encontrado, precisamente, en la capital germana para fomentar la biodiversidad de la ciudad. Se trata de pequeños espacios "robados" a parques, rotondas y parterres donde se deja crecer un prado de flores silvestres. Así de sencillo: prado en lugar de césped. Los prados son ecosistemas complejos y, en gran medida, autónomos, que ofrecen cobijo a flora y fauna que, de otro modo, sería complicado -pero necesario- encontrar en las ciudades. Además, son espacios que ayudan a educar a la población sobre procesos naturales y hacer entender la importancia de los ecosistemas y sus interacciones. Y bueno, mejor una parcela donde crecen flores de colores cambiantes que no un cuadrado de césped que tenemos prohibido pisar.
Acciones humildes, bien pensadas. Esa es la responsabilidad de cualquier diseñador (arquitecto, urbanista, etc.) para salvar la naturaleza.

Comer lo que uno encuentra

Lo más fácil cuando uno tiene hambre es comerse una hamburguesa de un restaurante de comida rápida, un plato preparado congelado, quizás. Quienes miran un poco más por lo que comen, se preocupan porque en su dieta no falten productos sanos, más naturales. Hay incluso quienes cultivan su propia comida. Y luego está Fergus Drennan –“the Forager”, que ha llevado al límite la opción de comer al margen del sistema establecido. El popular comunicador ambiental británico decidió sobrevivir un año a base de lo que se encontrara cerca de su casa. Su dieta se basaba principalmente de vegetales silvestres, complementada con insectos, moluscos, erizos y otros animales más grandes que hubiesen sido atropellados de manera accidental (ardillas, conejos, incluso un zorro).

En su página web Wild Man Wild Food puedes revisar sus andanzas –vídeos, recetas, lugares, episodios de caza y recolección,…-  y apuntarte a los cursos que ofrece sobre forrajeo para conocer las especies comestibles. Parece, además, que Fergus ha enviado muestras de su dieta diaria a la King’s College de Londres para analizar los valores nutricionales de sus alimentos, que presupone más altos que los alimentos del supermercado.

Serás comedido si tachas la aventura de Fergus de extrema  (aunque viable), pero resulta atractivo observar cómo esa inusual perspectiva ha hecho que el hombre puede conocer, respetar y aprovechar su entorno para su propia supervivencia. La hamburguesa del principio nos oculta entre litros de mayonesa esa relación entre la comida y la tierra. Deberíamos recuperarla. Y saber que estamos rodeados de vida –y que, bien administrada, puede convertirse en un recurso útil para la alimentación, en este caso- es un buen camino.

Cuatro años de Resseny

Parece que fue ayer, pero ya han pasado cuatro años desde que creé Resseny. Durante este tiempo el blog ha ido evolucionando de manera paralela a mis pensamientos, experiencias e inquietudes. Considero que ha (he) ganado en madurez y ahora tienen más cabida temas como el uso del espacio urbano, la biomímesis, el desarrollo local a través del diseño o la relación que tenemos con nuestro entorno. No en vano, son los temas que me interesan y en los que voy trazando mi senda profesional a través de Nutcreatives y ESDi.

Hace cuatro años, los blogs que relacionaban temas de diseño con el medio ambiente eran escasos. Durante este tiempo han surgido nuevas iniciativas, todas ellas complementarias a Resseny, de las que he ido aprendiendo y con las que hemos ido creando un fondo común de conocimiento y de difusión del ecodiseño.

En números, Resseny se traduce en 437 entradas, 9 entradas al mes, una cada 3 ó 4 días. Más de 400 suscriptores al feed, 165 seguidores a través de Blogger  y 133 seguidores a través de Facebook. Una media de 1.650 visitas distintas al mes y 4.000 páginas vistas, repartidas como indica el gráfico superior.

¿Y ahora qué? Pues, por mi parte, a seguir con ilusión y a continuar manteniendo la llama con más ejemplos interesantes de todo tipo y con mis reflexiones personales –ahora también en Experimenta- sobre el diseño, la creatividad, la naturaleza, la ecología y todo aquello que enlaza estos temas. Gracias a todos los que seguís Resseny, porque –aunque tópico, muy cierto- sin saber que estáis ahí detrás, sin vuestro apoyo y sin vuestra participación, escribir el blog no sería lo mismo.

Por cierto, desisto de renovar el logo. Después de tanto tiempo, está cogiendo una esencia a clásico moderno que prefiero no tocar.

o: 2 años de Resseny o Nuevos aires o Re_

Acostumbrados a la excelencia

La etapa escolar quizás es la más cruel de toda nuestra vida. Los niños son crueles por su ingenuidad y por tender a dicotomizarlo todo. Para ellos tan solo existen dos grupos: o eres alto o eres bajo o gordo o flaco o del Barça o del Madrid o empollón o zopenco. En el colegio, Juan es el bajo, flaco, del Barça y empollón. Dejando aparte las características fisionómicas y las preferencias balompédicas, donde poco puede hacerse, valga señalar que es considerado uno de los empollones de la clase simplemente porque tiene facilidad para los estudios. No es forzado, no pretende destacar por encima del resto, no es prepotencia o vanidad, simplemente es así y punto. Incluso hay veces en las que Juan se siente avergonzado porque el profesor le pone como ejemplo y sabe que después sus compañeros le van a obsequiar con una buena dosis de collejas. Pero, sobretodo, Juan se siente presionado e incomprendido. No entiende por qué su madre le recrimina haber sacado sólo un 8,5 en el examen de sociales. Tampoco entiende por qué a Manuel, el compañero de clase que peor se porta, le han regalado sus padres una guitarra eléctrica por haber aprobado su primer examen del año. Aunque todos saben que lo ha conseguido copiando. Juan no puede comprender por qué a él, que siempre ha sacado buenas notas, pocas veces se le ha visto recompensado por su esfuerzo y por sus resultados.

Vivimos en un contexto donde se premia lo mediocre, donde el que hace las cosas bien es mirado con recelo, donde la mayoría espera a que el que va primero tenga un desliz y caiga, donde lo que siempre ha sido vulgar y un día le suena la flauta tiene más valor que lo que siempre ha sido excelente. También parece que poco importa el cómo se hacen las cosas, sino el resultado final. Juan y Manuel lo ven en el colegio. Pero pasa también en el fútbol, en la tele o en el diseño de productos.

Un producto puede ser blanco o negro, puede ser curvo o cuadrado, grande o pequeño, pero no puede ser sostenible o no serlo. La sostenibilidad es una manera de hacer, una metodología de trabajo, no un acabado final. Aquellos que integran criterios de sostenibilidad en sus procesos de creación lo hacen porque lo consideran el camino hacia la excelencia. Aunque esa excelencia, como ya se ha visto, no se valora en exceso. Pero es que además, a aquellos que han optado por el camino difícil –el que comporta estudios ambientales rigurosos, no exportación de la producción, no copia sino innovación, coherencia proyectual,…- se les exige más, son mirados con desconfianza y han de justificar sus pasos muchísimo más que a aquellos que pasan de intentar ser buenos.

Juan ha optado por no sobresalir de la media para no llevarse collejas. ¿Por qué se inclinarán los que hacen buen diseño?
 

Take a seed. Vincularse al territorio a través de un gesto

 
Hará ya cosa de un año de mi presencia en la semana internacional en la Hochschule für Gestaltung de Schwäbisch Gmünd. Dentro de este marco se inscribieron una serie de talleres participativos, entre ellos, el que desarrollé yo alrededor del concepto de ciudades permeables.

Básicamente, el objetivo del taller consistía en analizar el entorno e identificar aquellas necesidades o problemáticas en las que el diseño y la creatividad pudieran incidir de manera positiva. Uno de los grupos se centró en las interrelaciones existentes en la universidad tanto a nivel social como natural. Por entonces, el centro se encontraba en un proceso de mudanza integral debido a que el edificio antiguo había quedado obsoleto. La nueva ubicación es más acorde a las necesidades de una escuela de diseño, pero se encuentra en un polígono de oficinas aún en construcción, alejado de la ciudad y completamente deshabitado.

El equipo de trabajo se centró en este sentimiento de desapego con el entorno, creando un sistema cerrado que englobara a la comunidad universitaria, las necesidades del centro (a nivel de residuos) y su contexto natural. Lo interesante, como muchas veces, se aprecia en el proceso –en el por qué y en el cómo- más que en el resultado final.

Los chicos empezaron a tirar del ovillo a raíz de observar la cantidad de vasos de papel  desechables que se consumían a lo largo del día (la adicción al café allí es sustancial). Pensaron en darles un nuevo uso y se les ocurrió que podían servir como recipientes para hacer crecer plantas. De ahí resultó lógico derivar a la creación de un sistema en el que los residuos orgánicos compostados de la cantina fueran aprovechados como sustrato para el contenedor, en el que se podrían plantar, por ejemplo, semillas de plantas que tuvieran una aplicación culinaria por parte de los cocineros de la cantina. Con el café tendrías el derecho de adquirir unas semillas, que luego podrías intercambiar con tus compañeros. Pero más allá de la función práctica que pudiera tener el hacer crecer una planta, el acto también podría llegar a tener una repercusión simbólica desde el momento en que  te regalan un sobre de semillas al entrar en la universidad (normalmente lo que regalan es una carpeta o un pendrive), lo plantas cerca, acondicionas el lugar, y lo ves crecer contigo durante los cuatro –o más- años que vas a pasarte en aquel sitio.

La revalorización de residuos, la generación de un vínculo emocional con el lugar, el fomento de las relaciones comunitarias, el respeto por el medio, la consciencia del ciclo de vida de los productos y su relación contextual, el imprescindible pensamiento sistémico. Por todo ello, pienso que este proyecto es un proyecto redondo extrapolable a otros panoramas que, de momento, se ha quedado en el cajón.

o: La ciudad en crisis o Las mentes del margen no son mentes marginales o Plantot

Los objetos dicen

El pensador William James, padre de la psicología funcional, aseguraba que si se quiere crear o romper un hábito uno tiene que hacer aquello que se plantea durante 21 días consecutivos, para convertirlo así en un acto subconsciente. Dudo que podamos cambiar en poco más de dos semanas una manera de hacer que nos distingue desde los inicios del siglo XX, pero creo que merece la pena intentarlo. Me refiero al consumismo, una conducta que aparece tras el capitalismo y que asociamos desde entonces a un símbolo de status, prestigio y satisfacción personal, como bien explica el antropólogo Marvin Harris. Diversos son los factores que nos inducen a comprar de forma apremiante, pero la mayor parte son culturales, determinados por unas reglas sociales que nosotros mismos hemos impuesto y que miden el reconocimiento del individuo en la sociedad por el volumen de cosas consumidas. En pocas palabras, parece que es mejor quien más tiene.

Gran parte de la responsabilidad recae en la cadena de creación de esas cosas, en la que se encuentran los diseñadores. La publicidad, el usar y tirar, la obsolescencia programada, la obsolescencia percibida, las modas,… incentivan la generación de necesidades y anhelos que, aparentemente, solo pueden verse satisfechos con la compra de productos. Doctrinas como el “cuanto más, mejor” o “no importa el qué, sino el cuánto” deberían quedar aparcadas para siempre, no ya porque la capacidad de carga del planeta está llegando a su límite –que también-, sino porque no es cierto que uno sea más feliz cuanto más posea. Ezio Manzini promulga la idea de que un mayor bienestar se consigue con un menor consumo de recursos asociado a una mayor capacidad de sociabilidad. Es decir, migrar hacia un sistema económico de servicios (y no de productos), integrar un modelo de intercambio y cooperación entre ciudadanos y quedarse con aquello necesario, eliminando lo superfluo, lo que nada nos aporta, lo que –en definitiva- para nosotros carece de valor.

No es tan descabellado pensar que podemos vivir con menos objetos, pero mejor seleccionados. De hecho, ya lo hemos empezado a hacer: en el supermercado, por ejemplo, cada vez son más las personas que han adquirido el hábito de voltear el producto y mirar la etiqueta para descubrir la historia de lo que están comprando. Si su currículum nos convence, lo consumimos; si, por el contrario, vemos que algo no cuadra, lo retornamos al estante. El consumidor -aunque a veces se nos olvide- tiene el poder de elegir entre un producto, el otro o ninguno de los dos. Y ese poder se mantiene sobre cualquier cosa, sea comestible o sirva para sentarse, sea de compra o heredado, sea algo tangible o un servicio dado. Debemos comenzar a interrogar a las cosas que quieren formar parte de nuestras vidas: ¿de dónde vienes? ¿Qué me aportas? ¿Realmente te necesito? ¿Cómo estás hecho? ¿Y quién te ha hecho? ¿Qué harás cuando ya no me seas útil? Si lo hacemos, seremos más libres para decidir con mayor información y mejor conocimiento qué pasa el casting y qué no.

Si, por un instante, hacemos un recuento mental de todas nuestras pertenencias, ¿de cuántas de ellas sabemos su historia? ¿Podemos asociar esos objetos a algún instante de nuestra existencia? ¿Sabemos cómo llegaron a nosotros? En un mundo en el que todos tenemos la misma colección de objetos clonados, es fundamental poder reivindicar el valor simbólico de nuestros objetos, lo que significan para nosotros, de conocer la vida de cada uno de ellos y de quedarnos con los que nos interesa. De la misma manera que me resulta más enriquecedor comerme unos guisantes que le compré al campesino y que sé que recolectó ayer por la tarde (los pelo yo, cuido hasta el mínimo detalle en su cocción, me saben mejor), disfruto más de la experiencia que me dan aquellas zapatillas que me regaló mi padre y que sé que están hechas con materiales naturales y producidas en España (trato de que me duren, las cuido).

Seguro que si fuéramos más rigurosos en ese casting de objetos que quieren venirse con nosotros a diario, al final tendríamos una colección de cosas que sería de 1.000 en lugar de 10.000, pero todas ellas nos aportarían algo y tendrían su historia que contar. Se impondría la calidad por encima de la cantidad. Sin lugar a dudas, nos quedan más de 21 días para llegar a variar nuestro estilo de vida y consumir de otro modo, pero el cambio es, cuando menos, atractivo.

Post publicado en el blog Experimenta de Nutcreatives

Ciudades permeables. La relación del espacio urbano con el territorio

Las ciudades son los centros vitales de las sociedades humanas desde hace más de 8.000 años. A lo largo de la historia, han sido fundadas en lugares estratégicos, siempre diseñadas en función de su entorno inmediato y de su radio de acción. Cruce de caminos, se han convertido en lugares de creación, intercambio y distribución tanto de bienes como de conocimiento. Actualmente, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades y se calcula que aumentará hasta el 60% para el año 2030.

Como muchos autores defienden, las ciudades son el ecosistema vital para la mayoría de la especie humana. Cualquier ecosistema se define por el intercambio de flujos de materia y energía entre los componentes de éste y entre éstos y el exterior. De hecho, esta ley se repite a diferentes niveles jerárquicos, desde un planeta hasta una célula: un bosque de encinas y la piel de un anfibio, por ejemplo, son permeables en el sentido de que permiten y favorecen los flujos de intercambio en todas direcciones. Las ciudades deberían ser la piel del territorio y no una operación integral de cirugía estética que lo aísla de la realidad. Me da la sensación de que las ciudades actuales han perdido esa conectividad con la tierra que hay debajo y alrededor de ellas y actúan como un implante de silicona que ni padece, ni respira ni da pie al intercambio dinámico de flujos. En cualquier caso, estos flujos son unidireccionales. Como un enfermo terminal, la ciudad moderna chupa energía y materiales de su entorno, pero no ofrece nada a cambio. Necesitamos que las áreas urbanas sean permeables, se reincorporen a su espacio natural y tomen conciencia y respeten su flora, su fauna, su biotopo ambiental, su paisaje original y su riqueza cultural.

La adaptación y la permeabilidad al entorno no se traduce, obviamente, en una ristra de aplicaciones universales. Esto dificulta la toma de decisiones, pues nos obliga a pensar en las numerosas variables. A algunos les puede provocar pereza, pero para los buenos arquitectos, diseñadores, urbanistas y paisajistas comprometidos, la tarea supone un reto. Pasa como todo, que es más fácil copiar que tomarse un tiempo de estudio y reflexión para acertar con la propuesta. Un caso paradigmático de desidia es el césped en las ciudades. Dejando de lado en este post el lado cultural del asunto permeable y centrándonos en lo natural, parece que el mayor vínculo a ras de suelo entre la urbe y la naturaleza se traduce en alfombras de césped, praderas de un monocultivo sediento que, para más inri, no le damos el uso que debería tener. Desengañémonos. No vivimos en la campiña inglesa. El césped es un elemento efectista, cierto, que queda muy verde en la nota de prensa, pero que por estas latitudes necesita unos cuidados y unos recursos (agua, tratamientos químicos, siega, protección con elementos físicos, limpieza,…) que podríamos plantearnos ahorrar, teniendo en cuenta que lo que nosotros incomprensiblemente valoramos como símbolo de bienestar acostumbra a estar plenamente prohibido utilizarlo, salvo que seas un cánido.

Tenemos la responsabilidad de ir educándonos como sociedad y darnos cuenta de que plantar césped en nuestro espacio público (y privado) no es sinónimo de lujo o estatus social, sino más bien de incultura. No es permeable, no me dice nada del territorio, no tiene, en definitiva, sentido un verde urbano limitado en un perímetro cuadrado que hay que cuidar como a un bonsái. Nos hemos dado cuenta de que, a largo plazo, es mucho más económico, útil y estético generar espacios verdes similares a los que encontramos en las zonas forestales, con plantas autóctonas, fomentando la biodiversidad con praderas de múltiples especies (y no monocultivos de gramíneas) y creando microsistemas seminaturales. Nos hemos dado cuenta de que los ciudadanos no tenemos conocimiento sobre nuestro entorno ni de lo que vive cerca y, por lo tanto, ni lo valoramos ni lo respetamos. Nos hemos dado cuenta. Ahora hay que hacer algo.

Post publicado en Experimenta

Vuelta a lo simple

 La mejor cocina del mundo como exponente de hacia dónde debería ir el mundo del mejor diseño.

Diseñar no es cocinar, pero casi. De manera muy simple, casi rozando lo ordinario, podemos resumir afirmando que chefs y diseñadores disponen de unos ingredientes y unas técnicas que utilizan y combinan a su modo para facilitarnos la existencia. Unos, cocinando un pollo y convirtiéndolo en algo digerible. Los otros, diseñando una cama y cumpliendo nuestros deseos. Cada una a su manera, ambas profesiones satisfacen nuestras necesidades prácticas y simbólicas a través de un relato, bien sea en formato culinario o a través de un objeto. Hay muchas maneras, eso sí, de contar una historia.
Durante el 2010 el chef del Noma, René Redzepi, pasó a ser considerado como el mejor cocinero del mundo. Redzepi, al igual que otros compañeros como Juan Luis Aduriz o Michel Bras, ha sabido traducir a comida unos valores muy válidos también para el diseño de productos. Si hubiera que definir su obra con un solo adjetivo, sería simplicidad. Redzepi dice que lo que han hecho ha sido recuperar la cocina nórdica, reinterpretarla –asumiendo influencias foráneas y vanguardistas, por supuesto– y compartirla con el resto, “desarrollar un concepto estático de cocina escandinava era un error porque se queda anclado en lo que se había hecho en los últimos cincuenta años”. Y para ello, han recurrido a sus mejores recursos locales y a los métodos tradicionales en términos de producción y elaboración. Los cocineros del Noma conocen los productos que tienen próximos (¡ellos mismos, si pueden, los recolectan!), respetan totalmente el ritmo de la naturaleza y con ello construyen un discurso que va más allá de la sostenibilidad y se refugia en el sentido común.
El servicio que ofrece el Noma (que significa, sencillamente, comida nórdica) transmite naturalidad, autenticidad, humildad y afabilidad. La comida, que es el núcleo central de este tipo de lugares, condensa estos valores. Son unos platos de excelente ejecución, aparentemente sencillos, repletos de sabores y matices. Pero no sólo la comida destila estos valores: también lo hacen la luminosidad del local, sus paredes de ladrillo visto, la ausencia de manteles en las mesas o el trato cercano de todos sus trabajadores, implicados completamente en el proyecto.

En el Noma no hay frivolidades. Todo es de una simplicidad esencial. Todo tiene sentido. Similar a los atributos del modernismo del “menos es más” o de “lo útil es bello”, pero diferente. Los ideales del Noma van más allá de etiquetas tipo “slow movement”, “transition towns”, “cradle to cradle” o “kilómetro cero”, simplemente porque integran estos conceptos dentro de su discurso realizador sin necesidad de mencionarlos ni justificarlos. Se antepone el sentido común a cualquier defensa integrista de una manera de hacer.
André Ricard, en 1986 escribía que “el diseño se cuida de las relaciones de las cosas con el hombre y de los hombres con las cosas”. Veinticinco años después (un cuarto de siglo de vida de la disciplina), el diseño debe preocuparse de más cosas además del ser humano, empezando por su entorno y por todo lo que queda entramado en la concepción de una idea. El diseñador debe de ser humilde, sensato y cercano. Su trabajo debe integrar un compromiso sincero por el medio ambiente y por la equidad social. Y como en la nueva cocina nórdica, estos valores de sostenibilidad deben adoptarse de manera natural, sin artificios.

Artículo escrito por Jon Marín para Experimenta

o: Lo que protege el corcho o Comida creativa o Frutero de papel